31-10-2025 | Declararon dos testigos de manera presencial. Miguel Ángel Rodríguez fue secuestrado en diciembre de 1976 y alojado en el D2. Roberto Roitman, desde enero de 1977, estuvo a disposición del D2 por cuarenta días en las celdas de contraventores. La próxima audiencia será el jueves 13 de noviembre a las 9:00.
De manera presencial, dos testigos relataron que fueron víctimas de la Policía de Mendoza durante la dictadura: Miguel Ángel Rodríguez, secuestrado en diciembre de 1976, y Roberto Roitman, detenido ilegalmente en enero de 1977 por cuarenta días. No es la primera vez que tienen la oportunidad de contar frente a un tribunal lo que les sucedió. Rodríguez prestó testimonio en 2014 y en 2017 y Roitman, por su parte, en 2015. Las declaraciones previas son pruebas en este juicio.
Miguel Ángel Rodríguez
“Este testimonio es un honor y una obligación, tanto por mi familia como por personas que no están porque han sufrido persecución y tortura”, expresó Miguel Ángel Rodríguez al comenzar su relato. Nacido en La Pampa, vivió su infancia y adolescencia en General Alvear, en el seno de una familia trabajadora. Su padre era carpintero y él se dedicó a la herrería, además de realizar tareas de cosecha y empaque para ayudar económicamente en su hogar.

Al finalizar el secundario se trasladó a Buenos Aires para estudiar Ingeniería, en 1972. Cursó el ingreso en un contexto político convulsionado: el final de la dictadura de Onganía-Levingston-Lanusse y el retorno del gobierno democrático. Proveniente de una familia humilde, señaló que conocía las condiciones de explotación que sufrían las trabajadoras y los trabajadores rurales, y las comparó con las que aún persisten en la actualidad. La universidad le ayudó a comprender esas circunstancias.
Militancia y persecución
En ese contexto, se acercó a la agrupación Tendencia Universitaria Popular Antiimperialista Combativa (TUPAC), vinculada a Vanguardia Comunista. Con el ascenso de Cámpora en 1973, participó en movilizaciones y manifestaciones de solidaridad con Salvador Allende, con quien dijo sentirse profundamente identificado.
Antes del golpe de Estado argentino, las agrupaciones paramilitares comenzaron a perseguir a trabajadoras, trabajadores, sindicalistas, estudiantes y profesionales. En ese marco asesinaron a Daniel Winer, dirigente del centro de estudiantes de Ingeniería. “Quisimos hacer algo, pero no nos dejaron entrar más a la facultad. Pedían documentos para ingresar y cortaron toda participación política”, recordó. Esa situación lo trajo de regreso a Mendoza, sin poder continuar sus estudios.

En 1975 se instaló en la capital mendocina, en una vivienda compartida ubicada en la calle Confraternidad Ferroviaria al 800, donde retomó contacto con compañeros de organización y realizó tareas de propaganda política. Describió la previa al golpe de Estado como un tiempo de calles militarizadas y operativos represivos. Rodríguez se casó al poco tiempo con Alicia Ferrucci, quien comenzaba a transitar un embarazo.
Detención y torturas
A fines de 1976, fue detenido en el barrio San Martín. Llevaba volantes para repartir y se encontraba junto a Oscar Krzyzanowski, representante gremial de la zona. Los folletos pedían por la construcción de un puente sobre el zanjón que uniera las dos partes del poblado y denunciaban la dictadura. La noche del 17 de diciembre, alrededor de las 23:00, fueron interceptados por dos policías, requisados y llevados a oscuras por ese zanjón hasta la Comisaría 33. Recordó que, en el trayecto, por momentos les disparaban y simulaban fusilamientos.
En la seccional fueron golpeados por ocho policías aproximadamente, recuerda Miguel, quien reconoció la cantidad por visualizar desde el piso sus borcegos. Los torturaron durante horas mientras les exigían nombres de dirigentes. En la madrugada, alrededor de las 4, fueron trasladados en un camión celular al Departamento de Informaciones de la Policía de Mendoza (D2). El acta de aprehensión los identificaba como “comunistas” y mencionaba también a Alfredo Daniel Hervida, detenido cerca de su casa y vinculado a la misma detención a pesar de que no estaba con ellos.

Miguel y Oscar fueron ingresados al D2 por un patio empedrado y conducidos por escaleras hasta los calabozos. Rodríguez relató que fue torturado con picana eléctrica durante varios interrogatorios. Identificó al “Porteño” como uno de los jefes de los grupos de tortura. “Me preguntaban quién me había mandado a volantear, buscaban vincularme con alguna organización. Como no consiguieron información, siguieron preguntando otras cosas sin obtener resultados”, declaró. Lo vinculaban con Benito Marianetti, un dirigente del Partido Comunista, pero desconocían que ese era un partido distinto al suyo.
Mientras estuvo en el D2, compartió detención con Alfredo Daniel Hervida, Jorge Ciro Becerra —que convulsionaba por una enfermedad y era torturado constantemente—, Isabel Núñez —con su bebé recién nacida— y Rosa Gómez. Ella les dio consejos fundamentales para sobrevivir: “Siempre fue muy solidaria con nosotros, desde el primer momento (…) Mi reconocimiento a Rosa por toda su resistencia y por la solidaridad”.
Condiciones de encierro
“Sobrevivir fue difícil”, expresó. Contó que el “manjar” eran milanesas de mondongo que les daban de vez en cuando, que no los dejaban ir al baño y que debían hacer sus necesidades en la celda. Estuvo en una celda individual de un metro por uno y medio: “Lo sé porque en muchas ocasiones quise quitarme la vida y no había manera de hacerlo”. En otra celda más amplia, al final del pasillo, recordó haber leído una inscripción: ‘Soy de Alvear. Pedro Borysiuk. Avisen a mi mamá’. Entre las personas detenidas intentaban comunicarse de celda a celda.
En la zona de calabozos les atemorizaba oír el ruido de las llaves, señal de que se llevaban a alguien para la tortura. Y mencionó las violaciones a Rosa Gómez: “Esto lo digo porque la compañera ha hablado y doy fe de que eso ocurría”. También recordó una escena “tétrica” en el contexto de las fiestas, quizás Navidad. Los policías celebraron con un asado y luego les dieron parte de la cena: “Tuvimos que compartir con nuestros torturadores esa comida”.
En los últimos días que estuvo en el D2, uno de los guardias lo llamó para sacar un tarro de basura hasta las orillas del edificio, en la calle. “Fue una situación rara porque siempre estábamos atados y vendados”.
Traslados y cárceles
Tras varios días, fue trasladado a la cárcel de Boulogne Sur Mer junto a Oscar Krzyzanowski, Alfredo Daniel Hervida y Jorge Ciro Becerra. “Parecía que llegábamos al paraíso, porque pensábamos que nos podíamos salvar”, contó. Allí los demás presos políticos se solidarizaron con ellos, que llegaban en condiciones deplorables, compartiendo comida y asistencia médica básica.
Sin embargo, en una requisa les encontraron un mazo de naipes hecho artesanalmente y fueron encerrados tres días en los calabozos de castigo, conocidos como “chanchos”. En otra ocasión, lo llevaron a la peluquería —lugar de tortura e interrogatorio— para hacerlo firmar una declaración con los ojos vendados. Al negarse, fue golpeado y aislado en un pabellón vacío.

El 25 de marzo del 77, alrededor de las diez de la mañana, fueron trasladados desde El Plumerillo en un avión Hércules, primero a La Rioja y, luego, a la Unidad 9 de La Plata. “El vuelo fue durísimo: nos golpeaban con toallas mojadas en los pies”. Relató que en La Plata las golpizas eran constantes. Al llegar, el personal de la penitenciaría se colocó a los costados del pasillo y mientras pasaban por el medio, los golpeaban. Mencionó también que el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, “el día que lo nominaron estaba castigado en los ‘chanchos’ de La Plata”.
Su recorrido carcelario terminó en el penal de Caseros, un establecimiento cerrado, sin entrada de sol. Antes de ser liberado, relató una despedida: “Corrí por el pasillo tocando las manos de los compañeros que se asomaban por las celdas”. Luego fue llevado unos días a la Superintendencia de la Policía Federal. Rodríguez fue liberado el 21 de julio de 1980.
Había sido condenado a tres años de prisión por tenencia de material subversivo, pero estuvo tres años y siete meses encerrado. El juez era Guzzo y el defensor oficial, Petra Recabarren, aunque nunca lo vio. Solo pudo declarar ante un funcionario judicial en la Unidad 9 de La Plata, y allí contó todo lo que sufrió.
“Valoro poder decir en libertad lo que antes se callaba”
“Fue difícil vivir en dictadura, sabiendo que, si me volvían a agarrar, la iba a pasar peor”, expresó Miguel Ángel Rodríguez. Antes de finalizar, destacó la importancia de los procesos judiciales: “Quiero valorar estos juicios, aunque lleguen cincuenta años después. Valoro poder decir en libertad lo que uno quiera decir, sin interrupciones. Valoro el trabajo de jueces y fiscales, y espero que esto sirva para traer justicia”.
También recordó a las y los compañeros que no sobrevivieron y reconoció el sufrimiento de las familias: “El dolor ha sido atroz”.

Roberto Roitman
Pasaron casi cincuenta años de los hechos por los que le preguntó la fiscalía. Por eso, antes de empezar su relato, Roberto Roitman se disculpó por posibles inexactitudes o contradicciones, no en lo esencial, pero sí en los detalles. Contó que siempre militó en el peronismo y pertenecía a la parte universitaria de la organización Trasvasamiento Generacional. En aquel entonces apoyaron el gobierno constitucional y fue parte de una generación que sufrió la presencia de una dictadura que privó a una sociedad de derechos fundamentales, introdujo.
El testigo contó que para el 24 de marzo de 1976 él estaba en Buenos Aires y volvió a Mendoza. Su esposa, socióloga, trabajaba en la Secretaría de Planeamiento del Gobierno de Mendoza y fue despedida del trabajo. Su jefe le dijo cosas graves y la trató muy mal: “Su marido es subversivo y el Ejército lo está buscando. Además es judío y es fácil que sea comunista”. Cuando él se enteró, fue a hablar con ese hombre, “con absoluta inconsciencia e ignorancia de la situación”, admitió. Porque si bien estaban al tanto de las numerosas detenciones, no sabía de la magnitud de los crímenes como secuestros, torturas, asesinatos. Así fue como se presentó voluntariamente para reclamar en el trabajo de la mujer, en el Ejército y en la Aeronáutica: “Mi nombre es Roberto Roitman y me dicen que ustedes me buscan”.

Roitman recordó que, por culpa de aquel decreto que habilitaba a perseguir personas que fueran un “riesgo real o potencial” para la nación, los “echaban” de todos lados. Graficó lo absurdo de la normativa con el caso de un especialista en economía, egresado de la Universidad Nacional de Cuyo y funcionario del rectorado, Andrés Bajuk, despedido por “subversivo”: tras su exilio, trabajó para el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo —en París— y fue primer ministro de Eslovenia, su país de origen.
La detención de Roberto ocurrió meses después, en enero del 77 en el café La Fragata, frente a la plaza Independencia de la Ciudad de Mendoza. Era sábado por la noche y había ido con dos amigos, los ingenieros Carlos Kristich y Juan Iervolino. De un momento a otro arribaron tres patrulleros con policías uniformados que los golpearon frente a toda la gente del local y se llevaron a los tres detenidos al Palacio Policial. Roitman recordó que uno de los policías era amigo de la familia y cuando lo tiró sobre el capot del auto, le sugirió: “Vos decí que recién llegás”. Este conocido le explicó que habían tirado unos panfletos y se comprometió a avisarle a la familia. Roitman asegura que el hecho de que se conociera su paradero atenuaba los tratos con ellos.

Ingresaron al D2 por la calle lateral y los depositaron en celdas individuales. Según recuerda, no fueron por ninguna escalera y permanecieron en el mismo nivel de la entrada. Esa noche casi los liberan por error y, al día siguiente, los trasladaron a celdas más grandes, al final de ese pasillo. Por la descripción del lugar, la ventana desde la que veían hacia la playa de estacionamiento y la disposición, es probable que todo el tiempo hayan estado en la zona de contraventores, “un lugar semipúblico”, precisó. Había muchas otras personas detenidas pero en condiciones radicalmente distintas a ellos tres: entraban y salían de un día para el otro, no las interrogaban y conocían las causas de su detención. Ellos estuvieron cuarenta días encerrados sin saber por qué.
Solo lo sacaron de esa zona de celdas para el interrogatorio. En esa ocasión sí bajó unas escaleras esposado y encapuchado hasta el subsuelo. Primero se llevaron a Kristich, al día siguiente a Roitman y el tercer día, a Iervolino.
Sus familiares estaban al tanto de la detención y le hicieron llegar ropa o comida. También hablaron con Carlos Washington Lencinas, quien redactó un habeas corpus para presentar. En ocasiones podían ver el patio y, en una oportunidad, divisó a su esposa y a su hijo afuera del edificio. Desde las celdas se escuchaba movimiento y por esa misma ventana veían la entrada y salida de vehículos de una playa de estacionamiento de forma cotidiana. La hermana de Roitman, además, quiso presentar una denuncia en la Seccional Primera que no le quisieron recibir “porque no tenían birome”.

“No nos dijeron por qué habíamos estado ni por qué nos dejaban salir”, dijo Roberto. Hicieron un trámite para que les devolvieran el documento de identidad y les dieron la libertad “como si nada”. Tras estos cuarenta días, a Iervolino lo echaron de su trabajo particular por las faltas continuas y Roitman recibió la visita de un periodista conocido que le llevó un mensaje: “Ya habían comprado el cemento portland”. Tras la amenaza, el testigo y su esposa se fueron de la provincia y permanecieron casi un año en San Pablo, Brasil.
Admitió que, a pesar del paso del tiempo, prefiere no hablar ni recordar estos hechos. Destacó la importancia del acompañamiento psicológico, en referencia al Equipo de Acompañamiento a Testigos Víctimas.
La próxima audiencia será el jueves 13 de noviembre a las 9:00.



