AUDIENCIA 78 / CAUSA LUNA, LA TRAMPA Y LA BUROCRACIA DE LA DESAPARICIÓN

25-09-2026 | El fiscal Dante Vega concluyó la reconstrucción de la “causa Luna” y dio paso a dos desapariciones forzadas: la de José Antonio Rossi, atraído a una trampa mediante el uso de su bebé como cebo, y la de Ricardo Sánchez Coronel, secuestrado de su lugar de trabajo en el Banco de Mendoza. La próxima audiencia será el viernes 2 de octubre a las 9:00.

En esta audiencia Vega continuó con los alegatos de las detenciones producidas en el departamento de Rivadavia. Ya habiendo desarrollado los casos de Elbio Belardinelli y Mario Roberto Díaz, continuó con los secuestros de José Luis Bustos, Jesús Manuel Riveros y Alfredo Ghilardi.

Lo que caracterizaba a este grupo de personas era vivir en una localidad pequeña de Rivadavia. Todos fueron trasladados a punta de pistola a la comisaría y, a partir de allí, sus familias no sabrían de su paradero.

José Luis Bustos y Jesús Manuel Riveros fueron detenidos el 21 de septiembre de 1976 en operativos simultáneos. Aparentemente, el motivo de su detención fue haber sido vistos con Mario Díaz en el club Casa Italia en Rivadavia.

Manuel Rivero tenía 24 años, era técnico en refrigeración y para la época no tenía militancia política. Fue detenido en su casa el 21 de septiembre por personal vestido de civil. Según una declaración, a uno de ellos lo conocía porque vivía cerca de su casa. Durante la detención se encontraba personal del Ejército, quienes montaron todo un operativo con cortes de calle e ingresaron al domicilio, que quedó destruido. A Rivero lo sacaron de la casa, lo subieron a una camioneta Ford y lo trasladaron hasta la vivienda de José Luis Bustos, su cuñado, también detenido.

Ambos fueron trasladados a Colonia Junín. A Rivero lo maniataron con su cinturón y le taparon los ojos con vendas. Fueron colocados boca abajo en un vehículo y, durante el viaje, los amenazaron diciendo que debían preparar la pared de fusilamiento porque llevaban a dos extremistas que habían puesto bombas en Rivadavia. También mencionaban al dique El Carrizal: “Preparen las piedras para tirarlos en El Carrizal”. Dante Vega volvió a hacer alusión a estas referencias entre entre perpetradores y víctimas. Sin embargo, desde una valoración personal, Vega planteó que si pensamos en la mecánica represiva, no hay indicios de que sea un lugar de ocultamiento de cuerpos de personas desaparecidas. No solo por cuestiones estratégicas, sino también por su ubicación.

En relación a Jesús Manuel Rivero, el alegato continuó reconstruyendo su itinerario tras arribar al D2. Allí fue golpeado en la boca del estómago durante el camino a la celda. Luego lo trasladaron a una sala donde lo desnudaron, lo ataron boca abajo en un tablero y lo torturaron parándose encima de él, con golpes y “submarino”. Mencionó también que a esa tortura llevaron a su amigo, Mario Díaz. Posteriormente fue conducido a rastras a la celda, donde lo dejaron con ropa mojada. Producto de esas condiciones se le cerró el pecho y no pudo comer por días. Luego de recuperar su libertad, el 27 de septiembre, le mostraron un papel que indicaba el extravío de las pertenencias que tenía consigo al llegar al D2.

Al momento de su detención, José Luis Bustos tenía 22 años y no poseía militancia política. El 21 de septiembre un grupo de seis personas –a las cuales identificó como militares y personal policial– golpeó fuertemente la puerta de su domicilio. Al abrir, ingresaron y comenzaron a destrozar la vivienda: a uno de ellos se le escapó un tiro en una de las mesas. Cuando lo sacaron de la casa pudo visualizar la cantidad de gente que había. Lo subieron a un vehículo y lo trasladaron a lo que conocía como “la perrera de Junín”. Allí lo maniataron y lo condujeron al D2 junto a Riveros.

Luego de recibir golpes en la celda, lo trasladaron a la sala de tortura. Desnudo y atado a una cama, recibió golpes con un palo o fierro. Uno de los perpetradores se le subió encima y le apretó los ojos hacía dentro mientras le preguntaba dónde se encontraba el campamento extremista.

Sala de audiencias

En otra habitación lo golpearon entre cuatro sujetos, le sacaron la venda y le colocaron un revolver en la boca. En ese momento, mientras le quemaban el DNI, le dijeron que desde ese momento no existía más, y como no existía más no iba a importar cuando lo mataran. Luego lo llevaron a la celda, le pegaron en la nuca y perdió la noción del tiempo.Un día le llevaron un plato de sopa y antes de dársela la escupieron y lo obligaron a tomársela

Al regresar a su domicilio, Juan Agustín Oyarzábal –segundo jefe del D2 y vecino de Rivadavia– lo visitó y le pidió disculpas por su detención. Afirmó que había sido un error y le pidió una foto para hacerle un nuevo documento. En voz baja le advirtió que se quedara callado porque eran muy pocos los que salían de este CCD.

Alfredo Ghilardi: detención por un boleto de lotería

Alfredo Guilardi fue detenido a sus 40 años, el 13 de septiembre de 1977, y permaneció una semana cautivo en el D2. Al momento de su detención le informaron a su esposa que quedaba detenido en el D2 a disposición de la VIII Brigada. Alfredo compartió cautiverio con Antonacci, Burgoa, Rossi, Carrasco y Pellegrini.

En una oportunidad, manifestó que un oficial de la Policía estaba indagando sobre la identidad del propietario del boleto de lotería que había resultado ganador en el último sorteo, el cual era propiedad de Alfredo. Vega afirmó que nos encontramos ante la banalidad del mal, el mal cometido por motivos que nada tiene que ver con lo que el aparato represivo enunciaba como el sentido de la guerra. El móvil de esta detención fue el dinero.

El 21 de septiembre de 1977 fue trasladado a la Penitenciaría de Mendoza, donde permaneció hasta el 25 de abril de 1978. En la penitenciaria recibió la visita del general Juan Pablo Saá quien le dijo que se encontraba detenido por infracción a la ley 20840 y que él se encargaría de su tema. Por otra parte, el coronel Riveiro le dijo que saldría en libertad y que cualquier problema que tuviera lo fuera a ver.

Roque Argentino Luna, Carlos Enrique Luna y José María Medina

En 1976, Roque Argentino Luna tenía 27 años, era empleado de la Litografía Cuyo y militante de la Juventud Peronista. Su hermano, Carlos Enrique Luna, tenía 23 años y su cuñado, José María Medina, 33. Actualmente Carlos y José están fallecidos. Roque declaró en el segundo juicio de la provincia.

La madrugada del 10 de abril de 1976, policías uniformados comenzaron una persecución, en un vehículo particular contra Carlos Enrique y José Medina. Según declaraciones de Roque, su hermano fue detenido en la intersección de las calles Belgrano y Rivadavia, de Ciudad, y de allí fue trasladado a la Comisaría 5.

Ese mismo día, tras realizar compras para el cumpleaños de su hijo, Roque se encontró con personal policial en su domicilio y fue detenido y trasladado junto a su cuñado a la comisaría en la que se encontraba su hermano. Allí fueron interrogados y golpeados.

Roque Argentino Luna declaró ampliamente en el primer juicio por delitos de lesa humanidad. Allí mencionó seis lugares de detención: las Comisarías 5 y 31, el Liceo Militar, el D2, la Comisaría 7 y la Penitenciaría. Las comisarías funcionaban como centros clandestinos de detención y tortura satélites del D2. Este recorrido da cuenta del circuito represivo de Mendoza.

Roque fue trasladado al D2 por dos personas que dijeron ser del Ejército Argentino, en un vehículo y con los ojos vendados. Luego reconoció a estas personas en el Palacio Policial. Al llegar, lo pusieron en un ascensor y luego lo ataron en una cama, donde fue torturado por primera vez con picana eléctrica, sin interrogatorio. Al día siguiente lo llevaron nuevamente a ese lugar y le preguntaron por Ricardo Sánchez Coronel. Allí se descompensó y fue examinado por un “médico” o alguien con un estetoscopio.

El estado de las celdas era deplorable. Durante su permanencia, escuchó la voz de Sánchez Coronel, quien dijo “estoy reventado”. Más adelante, cuando volvía del baño, Sanchez lo llamó: “Está todo bien, quédate tranquilo”. En ese momento abrieron su celda y le dijeron que iba a volver a ser torturado por estar hablando. Un “médico” se presentó en su celda a reubicarle el brazo, ya que tenía el hombro dislocado. Al quinto día en el D2. Roque fue dejado en una celda más grande con 6 u 8 personas detenidas.

Un mes más tarde, todas las víctimas fueron sacadas de la celda para una “desinfección”. Fue entonces cuando pudo observar el lugar con mayor precisión. Un pasillo con celdas enfrentadas, al medio una puerta con dos hojas, en un extremo del pasillo estaban los baños y en el otro extremo una celda doble con comunicación interna.

Entre el 7 y 9 de junio fue alojado en otra celda y a los 5 o 6 días fue torturado nuevamente mientras le preguntaban por un pseudónimo que no conocía y por Vargas Álvarez. Los hechos vividos por Luna están corroborados por personas que compartieron detención en el D2.

Roque Argentino Luna fue sometido a un Consejo de Guerra que lo condenó a 5 años de prisión por tener conocimiento de un arsenal –se consideraba tenencia de armas–. A la parodia de los juicios le siguió la parodia de las sentencias. Allí le mostraron y leyeron un papel que firmó bajo tortura en el D2, mientras le gritaban: “Usted declaró esto”. Fue puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional el 3 de septiembre del 76, meses después de su detención. 

Dante Vega alega por el Ministerio Público Fiscal

David Agustín Blanco

Blanco declaró en el primer juicio y fue una de las primeras personas en declarar la violencia sexual contra los hombres. Murió dos meses después de prestar declaración en diciembre de 2010.

David Blanco tenía 23 años, militaba en la Juventud Peronista, era delegado gremial del Banco Mendoza y estudiaba en la Escuela de Teatro, cuyo director era Ernesto Suárez.

El 2 de junio, a las 14:30, fue detenido en su domicilio, en la calle Tucumán de la Cuarta Sección, donde vivía con su esposa embarazada. En su domicilio le preguntaron por Rosa Gómez, quien vivía con ellos en ese momento. Al no encontrarla, le dijeron que los acompañara al D2 para preguntarle por los delitos que había cometido la mujer. Finalmente, fue vendado y detenido en una celda.

En el D2 vivió dos etapas. La primera se extendió durante una semana, en la que estuvo vendado y fue torturado. En la segunda etapa permaneció sin venda y recibió otros tratos.

David Blanco declaró ante el juez Guzzo en la Unidad 9 (U9) de La Plata, diez meses después de su detención, las torturas que padeció en el Palacio Policial. Guzzo ordenó una revisión médica que se concretó, y en la que se constataron lesiones en el abdomen.

La fiscalía relató las torturas padecidas por Blanco. Lo desnudaron y lo ataron a un banco de madera. En los momentos que se encontraba boca abajo, lo sumergían en el agua o lo introducían en una bolsa de nailon. Mientras estaba de espalda, lo picanearon en distintas partes del cuerpo. Esos tormentos incluyeron electricidad en las encías y en los genitales. Tal como reconstruye Vega, durante las torturas sufrio violencia sexual, introduciendole cosas en el ano que serían transmisoras de electricidad.

En una oportunidad lo llevaron a un pasillo oscuro, donde vio a su mujer y conoció a su hijo recién nacido, Laureano Jesús Blanco. Al acercarse, le dijo que detrás de ella había gente apuntándole. La fiscalía planteo que este falso acto de «benevolencia» en realidad consistía en otro acto de tortura.

Respecto a su paradero, su familia logró saber dónde estaba detenido porque su padre era militante católico y se contactó con el capellán del D2, quien le dijo que llevara ropa y comida. Permaneció cautivo hasta mediados del 76, cuando fue trasladado a la U9 de La Plata. En marzo del 77 fue trasladado a la Penitenciaría de Mendoza para ser sometido a un Consejo de Guerra, y recibió una sentencia de siete años de reclusión. Fue considerado autor responsable de tenencia de armas y material explosivo. Durante el proceso, el fiscal a cargo le dijo que no necesitaba pruebas, que le bastaba con saber que era culpable. Luego fue trasladado a Sierra Chica, juego a La Plata y, finalmente, a Devoto. 

Ramón Córdoba

Ramón declaró en distintas oportunidades, en el primer juicio por delitos de lesa humanidad en la Ciudad de Mendoza y en esta megacuasa. Para 1976 tenía 26 años, militaba en la Juventud Peronista y era delegado gremial del Banco Mendoza de Previsión Social. Además, era estudiante de Diseño.

Su detención ocurrió el 30 de junio de 1976, en la vía pública, cuando un Citroën blanco lo interceptó y lo hicieron subir. El vehículo dió varias vueltas sin identificarse y, durante el trayecto al D2, lo golpearon e insultaron. También le pusieron un arma en la cabeza y le dijeron “zurdo hijo de puta”. En 1975 había sufrido un allanamiento en su domicilio. 

Cuando Córdoba ingresó al D2, fue colocado en una celda y le sacaron sus pertenencias. Lo único que logró salvar fue un anillo que perdió durante la tortura. Tiempo después, lo vio en la mano de uno de los torturadores.

En el D2 fue torturado con picana eléctrica e interrogado sobre el gremio. A esto se sumaba la violencia que se producía al escuchar cómo atormentaban a otros presos. A los dos días de estar en el D2, fue llevado a una dependencia donde se encontraba su hermano, quien formaba parte del Ejército Argentino y era responsable del Colegio Militar de Buenos Aires. Más adelante su hermano fue a verlo al D2 y le dejó ropa. A partir de ese momento, le sacaron las vendas y Córdoba pudo tener mayor contacto con las personas detenidas.

En su declaración testimonial, y tras la exhibición de un álbum fotográfico, reconoció a Manuel Bustos Medina –encargado de los traslados–, Rafael Montes –quien hacía el papel de “policía bueno”–, Dracon, Alfredo Milagro Castro –quien lo amenazó con una pistola–,  Moroy –quien torturaba a los presos de manera psicológica–, Teodoro Galigniana, Mario Esteban Torres y Alfredo Milagro Castro.

El 12 de octubre de 1976 fue trasladado a la Comisaría 7 junto con Luna y Bernardinelli. Pudo identificar el lugar a través de la rendija del camión celular. En enero fue trasladado a la Penitenciaría de Mendoza, donde continuó la tortura. Al igual que otros detenidos, fue sometido a un Consejo de Guerra y sentenciado a cuatro años de prisión. Su defensor, personal del Ejército, le dijo que se declarara culpable para que el tribunal tuviera contemplación al momento de condenarlo. Córdoba le contestó que no había leído la declaración y que no sabía cuáles eran los cargos.

Ante el juez Guzzo declaró las torturas que le infringieron. Sin embargo, no tuvo más información sobre la causa hasta que le comunicaron que había sido sobreseído provisionalmente. Fue trasladado a Sierra Chica, luego a La Plata –donde permaneció un año– y finalmente a Caseros, donde recuperó su libertad en 1982.

Carlos Daniel Nicolás Ubertone

Carlos Daniel Nicolás Ubertone tenía 25 años, era militante de la Juventud Peronista y delegado gremial del Banco Mendoza. El 30 de julio de 1976, mientras caminaba hacia una parada de micros, un Citroën de color celeste se estacionó a su lado. Del vehículo descendieron tres personas armadas que lo palparon, lo encapucharon, lo subieron al auto y lo trasladaron al D2.

Al llegar, lo hicieron subir por un ascensor y lo ubicaron en una celda con puerta metálica. Luego fue conducido a otro sector del edificio donde lo desnudaron, lo ataron a un banco de madera y le aplicaron picana eléctrica en distintas partes del cuerpo.Después de aproximadamente una hora regresó a la celda. Más tarde volvieron a retirarlo para llevarlo nuevamente a la sala de torturas. Allí escuchó a Córdoba, mientras continuaban los interrogatorios y las torturas.

Durante la noche le tomaron fotografías y registraron sus huellas dactilares. Ubertone permaneció cuatro meses en el D2. Al reconstruir ese período, recordó especialmente los sonidos que se escuchaban cuando retiraban a las personas de las celdas para llevarlas hacia la sala de torturas.

En su declaración, describió al D2 como “una caja negra dentro de otra caja negra”: se sabía quiénes entraban y quiénes salían, pero lo que ocurría dentro del edificio permanecía como un misterio. También señaló que el funcionamiento de ese lugar producía una despersonalización sobre quienes pasaban por allí. Ubertone recordó, además, un episodio ocurrido años después, ya en democracia. En el velorio de su madre reconoció a uno de sus captores.

En octubre de 1976 fue trasladado a la Seccional Primera. Posteriormente pasó por la Penitenciaría y luego fue trasladado a Sierra Chica, La Plata y Rawson, donde recuperó la libertad en diciembre de 1983.

Imputados presentes

Rosa Gómez: nueve meses de cautiverio y abusos sistemáticos en el D2

Al momento de su secuestro, Rosa del Carmen Gómez tenía 27 años y era pareja de Ricardo Salvador Sánchez Coronel, empleado del Banco de Mendoza y militante de la Juventud Peronista que continúa desaparecido. Rosa ha declarado en numerosos juicios por delitos de lesa humanidad de Mendoza, y lo hizo nuevamente en esta megacausa.

La noche del 1 de junio de 1976, cerca de las 22:00, un grupo de personas armadas vestidas de civil irrumpió en el domicilio de sus padres, en la calle Independencia de Godoy Cruz. Posteriormente, por su permanencia en el D2, entre los captores de esa noche identificó a un efectivo de apellido La Paz y al agente conocido como “Mechón Blanco”. La subieron a un vehículo, le vendaron los ojos con una vincha de goma y, a los cien metros de marcha, comenzaron los golpes y los interrogatorios sobre presuntas armas y sus actividades del día anterior. Pese a las vueltas para desorientarla, percibió el cruce de las vías del tren y el ingreso al Palacio Policial, donde funcionaba el Departamento de Informaciones (D2). Desde que entró escuchó gemidos y llantos de otros detenidos.

Aquel día, Ricardo la había llamado a su trabajo para advertirle que la buscaban y acordaron encontrarse a las 21:00 en la esquina de Gutiérrez y 9 de Julio, pero él nunca llegó porque había sido capturado horas antes. Al ingresar al D2, Rosa fue atada a un camastro, manoseada y picaneada. Rosa es la persona que más tiempo permaneció cautiva en ese centro clandestino: su cautiverio en el centro clandestino se extendió nueve meses, hasta el 10 de enero de 1977.

Durante este periodo sufrió tormentos físicos e incesantes abusos sexuales. En sus declaraciones, contó que un guardia apodado Facundo la trasladó al baño, donde dos personas que se presentaron como médicos la examinaron y constataron marcas de quemaduras de cigarrillo y heridas como rasguños. Ella misma se impresionó de verse así. A partir de ese momento, según el testimonio coincidente de Rosa y de otras personas sobrevivientes, las violaciones por parte del personal del D2 fueron sistemáticas. Mechón Blanco la sacaba habitualmente de la celda para abusar de ella bajo la amenaza constante de hacer desaparecer a su hijo. 

Los interrogatorios bajo tortura, contó Rosa Gómez, eran conducidos por cuatro o cinco efectivos junto a un interrogador con acento porteño. En una oportunidad la sacaron del recinto camuflada con peluca y lentes oscuros para hacer un reconocimiento forzado cerca de la Bodega Arizu, bajo el vil engaño de que le permitirían irse al sur con su hijo si marcaba una casa.

Rosa reconoció a sus agresores en múltiples instancias judiciales y de reconocimiento fotográfico. Señaló a Miguel Ángel Salinas —guardia de celdas que tiempo después la hostigó en su trabajo en el Hospital Español hasta hacerle perder el empleo—, a Manuel Bustos —quien la violó hasta su último día en el D2— y a Rubén González. Años más tarde, en la década de 1990, también reconoció a La Paz cuando este trabajaba en un taller de revisión técnica vehicular en Godoy Cruz. Él la vio, agachó la cabeza y se escabulló.

Permaneció en el D2 hasta el 10 de enero de 1977, cuando fue trasladada a la Penitenciaría provincial y sometida a un Consejo de Guerra por supuesta tenencia de explosivos. Su defensor oficial le manifestó abiertamente que no había forma de defenderla. Posteriormente fue derivada a la cárcel de Devoto y obtuvo la libertad en diciembre de 1979. Al abordar el caso, el fiscal Dante Vega explicó la hipótesis del Ministerio Público Fiscal: mantenerla cautiva durante nueve meses en el D2 respondió a la perversa lógica de «disponer de ella a voluntad y violarla cuando querían», es decir, a una intención de someterla a servidumbre sexual. 

Caso 47: José Antonio Rossi, secuestrado tras una trampa mortal con su bebé como cebo

El caso 47 abordó la desaparición de José Antonio Rossi, de 24 años, casado con Stella Maris Ferrón y padre de Yanina, una bebé de diez meses al momento de los hechos. El 27 de mayo de 1976 a las 10:00, Rossi fue secuestrado en la confitería Nevada, ubicada en la calle Las Heras de la Ciudad de Mendoza, mientras se encontraba en compañía de su madre, Antonia Costamagna de Rossi, y de su pequeña hija.

El antecedente del operativo se remonta al 9 de febrero de 1976 en la calle Río Cuarto 2376 —vinculado a la causa Rabanal—, cuando Stella Maris y la bebé fueron detenidas tras un enfrentamiento armado con la policía en el que Rossi logró escapar. Desde entonces, las fuerzas represivas mantuvieron bajo estricta vigilancia a la niña, a sabiendas de que Rossi intentaría tomar contacto con ella. Antonia Costamagna había viajado desde Rafaela para ver a su hijo y recuperar a su nieta, que todo ese tiempo había estado en cautiverio con su madre, primero en el D2 y después en la Penitenciaría de Mendoza. El día del hecho, tras retirar a la niña, Costamagna se reunió con Rossi en la confitería; al ausentarse momentáneamente la abuela para buscar ropa, la patota ejecutó el operativo.

Según declaró Héctor Marín, propietario del local comercial, entre cinco y seis hombres armados vestidos de civil irrumpieron violentamente, encañonaron a las personas presentes contra la pared, redujeron a Rossi mientras sostenía a la bebé en brazos, lo arrastraron fuera del establecimiento y lo introdujeron en el baúl de un vehículo. A la niña la dejaron con los dueños del bar. Marín se comunicó con la Seccional 1 de Policía, donde el principal Muñoz le indicó que se trataba de un procedimiento del D2 o del Ejército. Ese policía, que estaba como jefe de turno, recordó aquel llamado. La representación fiscal enfatizó la crueldad de la maniobra: señalaron que las fuerzas represivas utilizaron a una bebé de diez meses como cebo para atrapar a su padre y consumar la desaparición forzada de Rossi.

Caso 48: Ricardo Sánchez Coronel y la burocracia que probó la desaparición

El caso 48 correspondió a Ricardo Sánchez Coronel, un hombre que entonces tenía 30 años y era empleado de la casa matriz del Banco de Mendoza (en el área de Mayordomía). Además, era delegado de la comisión gremial interna y militante del peronismo de izquierda. Entre las 17:00 y las 19:00 del 1 de junio de 1976, un grupo de hombres vestidos de civil se presentó en la entidad bancaria preguntando por él. Sánchez Coronel los acompañó hacia la salida de la calle Gutiérrez y desde ese instante permanece desaparecido. Distintas y variadas pruebas documentales y testimoniales acreditan que, tras su captura, fue conducido al D2, donde fue brutalmente torturado y asesinado entre el 7 y el 10 de junio de 1976.

Pancartas de víctimas desaparecidas (Ricardo Sánchez Coronel en segundo lugar, de izquierda a derecha)

El fiscal Dante Vega destacó cómo los propios registros burocráticos del Banco de Mendoza y del aparato represivo terminaron constituyendo la prueba documental irrefutable de la desaparición forzada. El 4 de junio de 1976, el funcionario Francisco Núñez remitió un informe al gerente de Personal, Ramón Arnau, y dejó constancia de que un grupo de personas había retirado a Sánchez Coronel de su puesto de trabajo en el turno tarde. El 10 de junio, la Jefatura de Personal solicitó explicaciones formales a Mayordomía por las inasistencias del empleado y las autoridades ratificaron la inasistencia desde el 3 de junio.

Además, la institución bancaria registró inicialmente que el agente se hallaba «detenido a disposición de la justicia». Sin embargo, el 23 de junio de 1976, el Comandante del Comando de la VIII Brigada de Infantería de Montaña, Támer Yapur, notificó al directorio del Banco que Sánchez Coronel había sido detenido el 10 de junio del 76 y se había fugado. Sobre esta constancia, Vega afirmó de forma categórica que «la calidad de fugado significaba la desaparición forzada».

Otra constancia se produjo en septiembre de 1976, cuando el Banco de Mendoza envió un telegrama para disponer la cesantía de Sánchez Coronel con efecto retroactivo al 10 de junio. Alegaba que las circunstancias de su detención configuraban «incompatibilidad con la actividad bancaria e injuria para la empresa». Ante este documento, el fiscal ironizó: «¿Qué se iban a imaginar las autoridades del Banco de Mendoza que nos iban a proporcionar la prueba documental de la desaparición forzada de Sánchez Coronel?».

La trama burocrática del encubrimiento judicial incluyó una orden de captura librada el 3 de noviembre de 1976 por el Juzgado Federal en la «causa Luna». La orden lo declaraba prófugo, al tiempo que en el D2 constaba un informe sin sello donde se asentaba que la detención resultaba negativa porque el sospechoso había “desaparecido”, tanto de su domicilio como de su trabajo. Asimismo, su nombre fue insertado un mes después en la orden del día —que es donde figuran las personas prófugas— junto a otros ciudadanas y ciudadanos desaparecidos. 

Vega denunció además la posterior destrucción de documentación policial. Recordó que desde la década del 80, después de la dictadura, la Cámara Federal de Apelaciones tuvo en su poder los libros del D2 y luego los devolvió a dicha dependencia durante la etapa de vigencia de las leyes de impunidad. Si esos registros hubiesen contenido actuaciones legítimas, no se hubieran destruido, «hubieran sido ‘los papeles que salvaron a la patria'».

La familia de Sánchez Coronela inició una búsqueda infructuosa por diversas dependencias. Su hijo, Ariel Sánchez, y la mamá del niño, Silvia Rita Triviño, relataron que acudieron repetidamente a la Comisaría 7 y a la sede militar de calle 9 de Julio, pero nunca obtuvieron respuestas. Sufrieron, además, el saqueo de su vivienda por parte de efectivos que los amenazaron con hacerlos desaparecer.

Diversos sobrevivientes que compartieron cautiverio en el D2 —entre ellos Alicia Morales, David Blanco, Vicente Antolín, Ramón Córdoba y Roque Luna— confirmaron la presencia de Sánchez Coronel. Testificaron que, pese al severo estado físico en que se encontraba, infundía aliento a sus compañeros al regresar de los tormentos. Rosa del Carmen Gómez recordó haberlo visto sangrando gravemente y con una mano inmovilizada cuando los guardias le levantaron la venda para interrogarla sobre él, e identificó que el guardia conocido como «Pulóver bordó» (Pablo José Gutiérrez) le dijo: «Prepará tus monos que te vas», momentos antes de que fuera desaparecido.

La próxima audiencia será el viernes 2 de octubre a las 9:00.

Video de la audiencia completa:

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El Colectivo Juicios Mendoza se conformó en 2010 por iniciativa de los Organismos de Derechos Humanos para la cobertura del primer juicio por delitos de lesa humanidad de la Ciudad de Mendoza. Desde ese momento, se dedicó ininterrumpidamente al seguimiento, registro y difusión de los sucesivos procesos judiciales por crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado.