AUDIENCIA 13 / QUINCE DÍAS SECUESTRADA EN EL D2 CON SU HIJA RECIÉN NACIDA

09-02-2024 | En la primera audiencia del año declararon Ivonne Larrieu y Alberto Muñoz, jóvenes marplatenses que estuvieron en cautiverio en el D2 en febrero del 76. La bebé de la pareja, María Antonia, tenía 15 días cuando fue secuestrada con su madre en ese centro clandestino. La próxima audiencia es el 23 de febrero a las 9:30.

El joven matrimonio de Ivonne Larrieu y Alberto Muñoz era oriundo de Mar del Plata. Militaban en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y por la persecución de la Concentración Nacional Universitaria (CNU), huyeron de su lugar y se asentaron en Mendoza. Hoy, aún en pareja, declararon de forma remota en el juicio que investiga al D2.

“La crueldad es irreparable”

Alrededor de las 10:45 de la mañana, Ivonne Larrieu comenzó su testimonio dando respuesta a las preguntas de los fiscales Daniel Rodríguez Infante y Dante Vega sobre las circunstancias que rodearon su secuestro a comienzos de febrero de 1976. Larrieu y Muñoz, oriundos de Mar del Plata, se conocieron a los 16 años y convivieron en Mendoza desde el 75, primero en una pensión y luego en una casa que les prestó Miguel Ángel Gil.

Por videoconferencia, declara Ivonne Larrieu

Embarazada de María Antonia, Larrieu viajó a Mar del Plata para dar a luz el 25 de enero de 1976. A los 15 días, la pareja emprendió el regreso a Mendoza junto a su hija. Lo hicieron en tren —Ivonne no pudo asegurar que hubiera sido en tren, mientras que Alberto lo confirmó— y llegaron a Mendoza el 10 de febrero de 1976. Esa misma noche, en el marco del «Operativo Rabanal», un grupo de uniformados y civiles ingresó violentamente al domicilio en el que dormían. Larrieu refirió haber escuchado una explosión que, imagina, que se produjo cuando derribaron la puerta de entrada. Luego, continuó, los uniformados la ataron, vendaron y, entre golpes y gritos, la llevaron con la bebé y su esposo al edificio que más tarde reconocería como el D2.

Una vez en el edificio, Larrieu recuerda —siempre vendada— que subió una escalera y caminó por un pasillo hasta un cuarto que tenía ventanillas en lo alto. En ese cuarto, que era como una oficina vacía y sin muebles, le ordenaron que no se sacara la venda, le prohibieron sentarse y la dejaron sola con su nena. Al rato le quitaron la venda para que tranquilizara a una María Antonia que, con tan solo 15 días de edad, no paraba de llorar.

Público y partes oyen los testimonios desde la Biblioteca de Tribunales Federales

Ivonne tenía 18 años al momento de la detención. Los primeros días —relató— fueron los peores. Los secuestradores entraban a los gritos y a los empujones mientras ella amamantaba a su hija e, incluso, dormía parada porque podían entrar a cualquier hora. Mencionó que los policías tenían mucho olor a alcohol. Sobre la violencia «típica» que sufrió por su condición de mujer no quiso dar detalles y alegó que era «algo conocido». Explicó que ahogaba sus expresiones de dolor preocupada por dejarle secuelas a la bebé, que afortunadamente no tuvo: «Es una magnífica mujer».

Respecto a las condiciones de cautiverio, declaró que no tuvo pañales para cambiar a su hija y debió lavarla con su propia leche y retazos de la ropa que lograba arrancarse. “Por suerte la pude seguir amamantando y mi hija es más fuerte que un toro”, agregó sonriendo. Además, debido al parto tenía hemorragias para las cuales no le dieron apósitos. Solo antes de ser trasladada a declarar le permitieron ducharse brevemente. «Fue ahí mismo, por un pasillo», explicó. En las duchas había varias mujeres detenidas por contravención a quienes les pasó sus datos. El tiempo que estuvo secuestrada llegó a adelgazar más de 10 kilos porque casi no la alimentaron. En los últimos días, cuando ya tenía los pies hinchados y deformados por estar parada, le llevaron un colchón para que pudiera sentarse. «La crueldad es irreparable», senteció Ivonne.

Al lugar en el que la confinaron no volvió nunca más. Sin verlo en su totalidad, porque nunca le retiraron la venda, cree haber estado en una planta baja porque por las ventanas escuchaba los ruidos de la calle. También escuchaba, durante el día, mucho movimiento y muchas voces femeninas y masculinas. Por las noches, en cambio, se oían gritos desesperados de las sesiones de tortura, incluidos los de su esposo. Los llanos de María Antonia deben haber sido perceptibles, sostuvo.

El fiscal Daniel Rodríguez Infante interroga a la testigo

Solo dos veces salió sin la niña de esa habitación, vendada. En una de las ocasiones la trasladaron a un lugar al que, según su memoria, se accedía a través de una escalerilla. El lugar tenía azulejos y posiblemente se ubicaba en el subsuelo. La segunda vez le tomaron fotografías en otro sitio del mismo piso donde estuvo cautiva, porque no bajó ni subió escaleras. El trayecto fue corto, agregó; la sentaron frente a un reflector y le sacaron la foto.  

Después de 10 o 15 días —no recuerda bien—, la llevaron a declarar ante un juez en un camión celular. Allí quitaron la venda y comprobó que había otras personas, todas víctimas del mismo operativo. Entre ellas reconoció a su esposo. Descendieron en una «comisaría» que era en realidad la Unidad Regional I. Larrieu permaneció siempre junto a su bebé. De este episodio recordó especialmente en estado en que se encontraba «Fito» Molinas, tirado en el suelo, casi muerto. Tenía las manos destrozadas y mandaron a Ivonne a darle agua. Luego el grupo pasó a la penitenciaría de Mendoza.

En septiembre de 1976, cuando se enteraron de que las mujeres serían trasladadas al penal Villa Devoto, le informaron que debía separarse de su hija, quien quedaría en una casa cuna. Con la ayuda de la familia de una compañera detenida, la testigo logró retirarla de la penitenciaría hasta que su madre viajó a buscarla. La niña quedó al cuidado de su abuela materna hasta la liberación de Ivonne, en septiembre de 1979.

En su tiempo detenida en el D2, Larrieu sufrió maltratos e interrogatorios. Recuerda que durante la tortura le preguntaban «por todo» y la acusaban de «subversión». Sabe que hubo una causa por la que ya la sobreseyeron y cree que la imputaron por su militancia en colegios. «No nos han destruido, y a mi hija menos (…) Por suerte, tengo nietos de mi hija María Antonia, a quien secuestraron”, concluyó.

“Días de conciencia y semiconciencia”

A continuación, Alberto Mario Muñoz, todavía casado con Ivonne Larrieu, compartió su testimonio sobre aquellos hechos. Recordó que a principios del 76, su esposa había vuelto a Mar del Plata para dar a luz a María Antonia y él viajó hasta la localidad bonaerense para acompañar la vuelta de las dos, alrededor del 10 de febrero. Aquí vivían en una casa prestada por Miguel Ángel Gil. Esa misma noche, mientras dormían, sintieron un fuerte ruido que él pensó que había sido algo relacionado con el gas, pero cuando se levantó notó que eran golpes que venían del pasillo de entrada.

De forma remota, declara Alberto Muñoz

Una horda de personas tiró la puerta abajo e ingresó a la vivienda, las primeras de civil y armadas; las de más atrás, uniformadas. Con Ivonne les gritaban “¡hay una bebé!”, pero los hombres seguían preguntando por las armas y requisando todo. Entre golpes, caídas, vendas y ataduras, Muñoz notó que a una tercera persona —que él supone que era Marcos Ibáñez, asesinado luego en la cárcel de La Plata— también le preguntaban “¿dónde está?”.

Con violencia lo arrojaron al piso de un vehículo y lo llevaron donde, después supo, funcionaba el D2. Ante las preguntas del fiscal, el testigo aclaró que cada vez que lo trasladaron durante su cautiverio —al D2, a la Penitenciaría de Mendoza, a la Unidad 9 de La Plata— las golpizas eran sistemáticas. Muñoz hizo memoria: al llegar al D2 subió una escalera larga y lo dejaron en un pequeño calabozo de cemento con un pequeño asiento, también de hormigón.

En las otras celdas del lugar había tres o cuatro compañeras y cuatro o cinco compañeros. Allí recibían golpizas de manera sistemática que el personal del D2 les propiciaba en ronda, calabozo por calabozo. “A veces uno quedaba desmayado, inconsciente”, se escuchaban lamentos y súplicas. Él había descubierto que si se ponía de espaldas podía resistir más y uno de los agresores le hizo pagar por eso: contaba las vértebras y le pegaba a la altura de los riñones.

Sin embargo, la tortura no terminaba ahí. También lo llevaron a la sala de torturas y, sometido a picana eléctrica, le preguntaban por su militancia, si era de Montoneros, por nombres, direcciones y otros datos de compañeros y compañeras. Sin embargo, los torturadores “estaban medio perdidos” sobre él, no tenían mucha información. Como al resto, lo retiraron del calabozo para sacarle una foto y en eso vio a “una persona que además de policía era ladrón, porque tenía puesto mi reloj”, robado de la mesa de luz.

Recordó que en las golpizas había un particular ensañamiento con Ibáñez, Gil y Rabanal y que las mujeres detenidas —vendadas y atadas— eran sometidas a abusos sexuales, incluso una que había sido recién operada del útero. “Esa es la calaña de esta gente”, unas bestias”, calificó a los perpetradores. Así pasó diez o quince días en el D2, “días de conciencia y semiconciencia”, sin ver a su esposa ni a su hija, hasta que lo trasladaron en un camión celular a una comisaría.

En juicios anteriores se supo que era la Unidad Regional I, donde les tomó declaración el exmagistrado Rolando Evaristo Carrizo. Allí, un hombre “que decía ser juez” le advirtió: “Vos sos un hijo de puta subversivo que te tenés que declarar culpable”. En ese contexto un hombre tuvo un acto de bondad y le dejó ver a su esposa. No recuerda si estaba con la bebé, solo pudieron preguntarse mutuamente cómo estaban y no se vieron más. Recordó que entre las personas detenidas estaba Fito Molinas en pésimas condiciones, con las manos inmóviles, “le habían sacado los dientes a culatazos. Pensé que estaba muerto”.

Alberto Muñoz recordó su paso por la Penitenciaría de Mendoza. Un día lo subieron a un vehículo en la cárcel y lo llevaron al D2. Pensó que lo iban a matar, pero estuvo algunas horas en el estacionamiento y lo regresaron a la penitenciaría. Luego, en la Unidad 9 de La Plata conoció a Antonio Di Benedetto, quien como subdirector del diario Los Andes había publicado las fotografías del grupo. “Nos salvó la vida”, aseguró. Pudo charlar con el reconocido escritor, quien se asumió “moralmente quebrado”, porque tenía una profunda convicción y tradición sanmartiniana, creyente de las instituciones, que las fuerzas de entonces burlaban.

La publicación de diario Los Andes con las fotos de las víctimas de febrero del 76

Su familia averiguó sobre su situación en el Ministerio del Interior y le dijeron que iba a estar seis años preso. A pesar de que lo absolvieron en un juicio acusado de delitos relacionados con actividad subversiva, su cautiverio terminó con libertad vigilada en noviembre de 1981. Hombres de palabra.

La próxima audiencia será el viernes 23 de febrero a las 9:30.

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El Colectivo Juicios Mendoza se conformó en 2010 por iniciativa de los Organismos de Derechos Humanos para la cobertura del primer juicio por delitos de lesa humanidad de la Ciudad de Mendoza. Desde ese momento, se dedicó ininterrumpidamente al seguimiento, registro y difusión de los sucesivos procesos judiciales por crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado.