AUDIENCIA 42 / “DECÍAN QUE LO HACÍAN POR LA PATRIA” 

06-06-2025 | Julio del Monte fue secuestrado en octubre de 1979, en el marco de las últimas detenciones sufridas por personas vinculadas al PCML. Relató golpizas, amenazas, interrogatorios y condiciones inhumanas durante su cautiverio en el D2. La próxima audiencia será el jueves 12 de junio a las 8:30.

Declaró Julio César del Monte, quien durante la secundaria militó en un frente juvenil relacionado con el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Tras los secuestros de las y los militantes del partido durante el Operativo Escoba, a fines de 1977, huyó a Buenos Aires y más tarde a Neuquén. Regresó a Mendoza en 1978 y fue detenido en octubre de 1979 como parte de la represión “residual” contra el PCML. Antes de comenzar con su testimonio, en esta crónica ofrecemos una reconstrucción de los hechos vividos por el grupo.

Itinerarios de detenciones y huidas

Hasta el 24 de marzo de 1976, el PCML de Mendoza estaba integrado por Walter Domínguez y su hermano Osiris; Gladys Castro, María Cristina D’Amico; los hermanos Rodolfo, Oscar y Carlos Vera; José Antonio Alcaraz y Adriana Campos. En el frente estudiantil se encontraban Julio del Monte, Verónica Roatta, Alfredo Irusta, Osiris Domínguez, Mabel D’Amico, Elsa del Carmen Becerra, María Elena Farrando y la pareja platense que huía desde el 75, Nélida Tissone y Néstor Carzolio. Después del golpe se sumaron, procurando refugio, Jorge del Carmen Fonseca, Jorge Becerra, Susana de Miguel y Alberto Jamilis. Salvo Susana de Miguel y Osiris Domínguez, todas estas personas fueron detenidas. 

Sala de audiencias

El primero fue Jorge Ciro Becerra, en diciembre de 1976. Un año más tarde, en el marco de un operativo desplegado a nivel nacional contra la organización conocido como “Operativo Escoba”, nueve personas fueron secuestradas y desaparecidas en nuestra provincia: Néstor Carzolio, Nélida Tissone, Jorge del Carmen Fonseca, Rodolfo Vera, Gustavo Jamilis, Adriana Campos, Antonio Alcaraz, Walter Dominguez y Gladys Castro. Los y las sobrevivientes, incluidas Mirta Hernández –esposa de Rodolfo Vera– y Laura Carrión –esposa de Carlos Vera– emprendieron entonces la huída a la provincia de Buenos Aires. En enero de 1978 detuvieron a Elsa Becerra en Capital Federal, y en febrero de ese mismo año a María Cristina D’Amico y María Elena Farrando en Mar del Plata. Las tres continúan desaparecidas.

Después de estos episodios, Julio del Monte y Osiris Domínguez se ocultaron en Neuquén y más adelante volvieron a Mendoza. Los hermanos Vera, sus esposas y Mirta Hernández se refugiaron en Bariloche. En septiembre de 1979 fue detenida esta última –que había regresado a Mendoza desde la Patagonia– cuando se presentó ante el D2 para recuperar su documento. Posteriormente, en octubre de 1979 secuestraron a las dos parejas –y el hijo pequeño de Laura y Carlos– que quedaban en Bariloche y las trasladaron en avión al D2. Por último, en Mendoza detuvieron en paralelo a Alfredo Irusta, Verónica Roatta y Julio del Monte. 

De las calles del centro al sótano del D2: el relato de Julio del Monte

Julio del Monte tenía 21 años y trabajaba como administrativo contable en un estudio de arquitectura a dos cuadras del Hospital Central. El 5 de octubre de 1979, alrededor de las diez de la mañana, recibió la indicación de llevar al banco boletas de depósito con cheques y efectivo. Salió del estudio con su camisa puesta y dejó la moto estacionada. En la parada del colectivo, mientras aún había mucha gente, se le acercó un hombre corpulento, mal vestido, sin identificación clara como policía. Le mostró una credencial parecida a una cédula de identidad y un arma en la cintura, y le pidió que cruzara la calle Alem. 

Declara Julio Del Monte

Lo obligaron a subir a una Fiat 1100 rural azul, un auto viejo, sin patente. Supo, y les dijo, que eso no era un patrullero ni un vehículo oficial, pero el hombre que lo buscó y otro que manejaba el auto lo tiraron al asiento trasero, le ataron las manos y le cubrieron los ojos con un pulóver. Atravesaron el centro a toda velocidad. “Me repetían constantemente que era mi fin”, contó el testigo. Y agregó: “Decían que lo hacían por la patria y que por fin iban a terminar de exterminar a todo tipo de militantes, como era mi caso”. Reconoció el trayecto: iban por Mitre e hicieron la subida al cruzar Pedro Molina. 

En un acto de instinto, logró liberar una mano y correr un poco la venda para mirar. Alcanzó a ver que el lugar era el Palacio Policial, el D2. Al intentar defenderse, rompió la manga de la campera de uno de ellos y eso enfureció al hombre. En el D2 le robaron absolutamente todo: cheques, el dinero del estudio, el suyo, su identificación. Le hicieron bajar una escalera, hasta un sótano, con uno de cada brazo. Lo dejaron de rodillas y durante quince o veinte minutos le pegaron sin parar, en silencio absoluto. Le dieron golpes secos, muchos en los riñones. 

Querella y fiscalía

Tras ese lapso de “amansamiento” o “ablandamiento”, apareció quien dijo ser un jefe, con acento porteño. Comenzó el interrogatorio asegurando conocer todo sobre él, incluso el pasado ferroviario de Julio y su padre. El hombre consideró que los militantes “fueron presa del comunismo”, razón por la cual lo habían puesto “en un brete” porque no sabía si detenerlo o hacerlo desaparecer. 

El cautiverio: “Si no te puedo hacer desaparecer, te quiebro”

Más tarde lo subieron a los calabozos del D2. Oscuros, sucios, sin espacio para acostarse o estirar los brazos. Siguió con los ojos cubiertos, esta vez por otra venda más ajustada. “Ahí es cuando uno empieza a pensar en el primer valor, que es sobrevivir”, dijo. Recordó una secuencia en la que el represor cuya campera Julio había roto cuando se defendía le puso un arma en la frente a través de la mirilla y lo amenazó: “Si no fuera por el jefe te pego un balazo acá mismo”.

Pidió ir al baño, pero se lo permitieron mucho después, en condiciones igual de miserables. Había perdido la noción del tiempo e intentaba tomar como referencia que empezaba la siesta cuando dejaba de escuchar el ruido de los tacos de las empleadas policiales, cuyo horario terminaba a las 13 o 14. De todas maneras terminó perdiendo la noción del tiempo, porque, en su percepción, los primeros dos días le parecieron una semana. Cuando lo iban a sacar para llevarlo a los interrogatorios en la sala de torturas lo insultaban todo el camino y se burlaban porque lo hacían chocar contra columnas y trastabillar.

El testigo declara frente al Tribunal Oral Federal 1

En los interrogatorios lo ponían de rodillas y lo golpeaban hasta que caía al suelo. “No tenía mucho para decir porque lo máximo que había hecho era tirar unos panfletos”, explicó el testigo. Julio había militado durante la secundaria —que cursó en la Escuela de Comercio Martín Zapata— en el Frente Revolucionario Antifascista Patriótico (FRAP), una agrupación vinculada al Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). “Lo nuestro era bastante inocente —se explayó—. No teníamos otra intención que que fuera un mundo más humano, más justo”.

Del Monte sostuvo que hubo un hombre infiltrado en el PCML que recorrió las distintas ciudades donde había actividad orgánica. A él se lo presentaron en Mendoza como el “Tano” durante una reunión informal. Para el testigo, esta persona señaló a las víctimas que fueron detenidas y desaparecidas en diciembre de 1977. Explicó que luego de los secuestros de los y las militantes “mayores” viajó junto a Osiris Domínguez a la costa: San Clemente del Tuyú, Villa Gesell y Mar del Plata. Pensaban que era más fácil esconderse en lugares populosos alquilando por periodos breves, pero las sucesivas casas eran “reventadas”, situación que el testigo explicó por la infiltración que sufrían de este miembro de “los servicios”.

Quienes sobrevivieron continuaron la huída sin decirse a dónde iban, por seguridad: “Era un sálvese quien pueda”. Julio fue a la casa de un amigo en El Chocón, Neuquén, con Osiris. En marzo de 1978 volvió a Mendoza. Les pidió a sus padres regresar con la mayor de las prudencias y trabajó hasta su secuestro en absoluto silencio, sin comunicarse con sus compañeros. En el D2 compartió cautiverio con Carlos Vera, Oscar Vera y Mabel D’Amico, embarazada. Las tres personas habían sido trasladadas desde Bariloche. 

Las condiciones de D2 eran inhumanas. Una comida por día, sin higiene. Julio perdió entre 8 y 10 kilos. En el baño se pasaban un trapo mojado por el cuerpo. “Sin jabón, por supuesto, eso era un lujo que llegó después por nuestras familias”, puntualizó. Los padres y las madres sufrieron todo tipo de desprecio. Maltratos cada vez que iban a pedir noticias o llevar comida o ropa. También presentaron recursos de habeas corpus para dar con el paradero de Julio. Sin embargo, y a pesar de las humillaciones, lograron que les permitieran recibir comida, ropa, frazadas, jabón. En noviembre pudieron ver a sus familias por primera vez. Media hora, bajo vigilancia armada. Para entonces, los interrogatorios ya habían cesado. 

“Nos dábamos fuerza unos a otros”

En los calabozos no estaba solo. Mencionó a dos mujeres que estuvieron por un día. Una de ellas era una joven de unos 18 años que pudo ver por la mirilla: “Constantemente la llevaban y después se jactaban de que la habían violado. Y la chica lloraba constantemente”. No volvió a verla. También detuvieron a una periodista del Diario Mendoza a la que Del Monte intentó calmar. “Espero que no haya sido una chica desaparecida. Nunca pude saber”, lamentó.

Entre sus compañeras y compañeros de cautiverio recordó, además de los Vera y D’Amico, a Alfredo Irusta —quien intentó suicidarse en su celda— y a Verónica Roatta. A través de los calabozos, lograban hablarse: “Levantando un poco la voz, nos dábamos fuerza unos a otros”. Lo necesitaban porque del otro lado tenían los más salvajes perpetradores. Parecía que el objetivo era “si no te puedo hacer desaparecer, te quiebro de una manera que no tengás ganas de vivir”, aseguró Julio Del Monte. 

Respecto al personal del D2, hizo el cálculo de que había –como mínimo– cuatro personas por turno de 24 horas, es decir, trabajaban entre 12 y 16 personas. Afirmó que podría reconocer a los dos que lo secuestraron si viera una foto de la época, y dio algunos apodos de los policías que cumplían funciones allí: el Tigre, el Oso, Mario, el jefe, el Pelado. También recordó la presencia de un médico y una médica “cómplices”. Al finalizar la audiencia, la fiscalía pidió que el testigo realizara un reconocimiento fotográfico con los álbumes incluidos en la causa. La defensa se mostró de acuerdo, aunque solicitó cambiar el orden de las fotografías para prevenir que los testigos pudieran sugerirse las respuestas.

El tribunal y las partes

Julio supo que, en los primeros días de su detención, su casa fue allanada. No estaban ni su madre ni su padre, solo su hermano Adrián, de 13 años, y su abuela, de 60. “Reventaron la puerta”, le contaron, en el marco de un gran operativo de agentes del Ejército con ametralladoras que cortaron la calle. Se dirigieron directo al dormitorio de los varones, sacaron todo, desarmaron una pequeña biblioteca pero no encontraron nada que les interesara. 

Los meses de cárcel

A fines de diciembre fue trasladado al penal junto a otras víctimas en un camión celular. Refirió sentir alivio al salir del D2 e ir a un lugar de detención legal. Sin embargo, los alojaron en el pabellón 14, que estaba completamente en ruinas. A esa altura los presos políticos eran 6 o 7, algunos “experimentados” estaban desde el 75 o el 76. El régimen de castigo significaba que no podían estudiar, trabajar ni recibir visitas. Allí conoció al cura jesuita Ángel Latuf, quien fue conducción y sostén espiritual para todos, incluso para los que no eran creyentes. Latuf intercambió mensajes con sus familias, les llevó monedas para hacer artesanías y hasta consiguió que les permitieran ir a misa: “Para los que eran creyentes, era un plus; para los que no, igual era una salida”, recordó. 

Más adelante los trasladaron al pabellón 5, que les resultó un palacio: celdas individuales, baños en condiciones. Cuando les entregaron sábanas y frazadas nuevas supieron que iban a recibir a la Cruz Roja, organismo que entrevistó a cada detenido sobre su situación. Antes del encuentro las autoridades del penal les pidieron a los presos que demostraran su argentinidad frente a extranjeros, omitiendo la violencia sufrida.  

Julio Del Monte y Eugenio Paris, sobrevivientes del D2

Por último, recordó que les hicieron un juicio militar —un Consejo de Guerra— y, después, una causa en la Justicia Federal. Mencionó al juez Garguir y al defensor Petra Recabarren, ya condenado por su complicidad con la dictadura. Este último les dijo: “Si fuera por mí, yo los hago desaparecer”. Julio Del Monte recuperó su libertad a fines de abril de 1980. Sin embargo, recién fue absuelto en 1982.

La próxima audiencia será el jueves 12 de junio a las 8:30.

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El Colectivo Juicios Mendoza se conformó en 2010 por iniciativa de los Organismos de Derechos Humanos para la cobertura del primer juicio por delitos de lesa humanidad de la Ciudad de Mendoza. Desde ese momento, se dedicó ininterrumpidamente al seguimiento, registro y difusión de los sucesivos procesos judiciales por crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado.