12-06-2025 | Nerio Neirotti declaró por su secuestro el 29 de marzo de 1976, su cautiverio en el D2 y su paso por distintas cárceles del país a disposición de la dictadura. Era dirigente estudiantil y fue salvajemente torturado. La próxima audiencia será el 30 de junio a las 9:00.
Nerio Neirotti —reconocido sociólogo mendocino, licenciado en la Universidad Nacional de Cuyo y doctor en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales— ofreció su testimonio con relación a los tormentos que soportó en los tiempos de la última dictadura cívico-militar. Pasó más de tres años secuestrado y recluido en distintas dependencias policiales y penitenciarias distribuidas en Mendoza, Buenos Aires, Chaco y Chubut. Nerio ya había declarado en 2011, en el segundo juicio por delitos de lesa humanidad en la provincia, —el primero realizado en la ciudad de Mendoza— y esa declaración forma parte de la prueba presentada por la fiscalía.

El 29 de marzo de 1976, a escasos días del golpe de Estado, Nerio Neirotti fue interceptado por dos o tres personas armadas frente a lo que era Casa Galli, en pleno centro mendocino. Para entonces, Nerio era un joven estudiante de 23 años que cursaba sus estudios en la UNCuyo, más específicamente en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, donde ya era un reconocido dirigente estudiantil.
Tras ser interceptado en plena vía pública, fue metido a la parte de atrás de un auto, donde le taparon la cabeza con una campera y le apuntaron con una pistola mientras lo trasladaban a algún lugar del piedemonte. Una vez allí, tomaron su cinturón para atarle las manos y lo metieron en el baúl del mismo auto para llevarlo al Palacio Policial. En este edificio ya funcionaba desde 1974 el Departamento de Informaciones (D2) de la Policía de Mendoza, eje central de la represión en la provincia durante los años del terrorismo de Estado.
Al llegar al D2, Nerio reconoció la arquitectura en un momento en el que se le corrió la campera de la cabeza. Ya dentro del edificio, lo llevaron a un sótano, lo desnudaron y lo ataron a un banco con tiras de caucho en las piernas, en la cintura y en los brazos. En esas condiciones, comenzaron a aplicarle la picana eléctrica en el pecho, la cara, las piernas y, especialmente, en los genitales. Mientras tanto, lo interrogaban sobre hechos, personas, estructuras, militantes y acontecimientos. “Me pareció una eternidad ese momento”, dijo y recordó que había varias personas, cada una con un rol: un hombre de voz aguda con tonalidad porteña y otro de voz grave. Se intercalaban el mando del interrogatorio entre amenazas e intimidaciones. «Venían a destruir toda la militancia que había», sentenció Nerio. Cuando terminó esta primera sesión de tortura se quedó a solas con otro policía que hacía las veces de bueno. «Te conviene hablar, es esta posibilidad o la muerte», le aconsejó, y le recomendó no tomar agua.
El D2
Luego de este primer interrogatorio, Nerio fue llevado a una celda en el lado opuesto a los baños. Más adelante, pasó a otras dos celdas a mitad del pasillo. Los calabozos eran muy chiquitos y tenía que dormir en el piso. Cuando los represores no estaban, intentaba comunicarse con las demás personas detenidas y se mandaban mensajes de una celda a otra. Recordó a José Nardi, a su hijo, a Héctor Chaves, a Pont, Puebla, Centurión, Alicia Peña y a Morgante. Nerio habló de gestos paternales de Nardi —que era más grande—, de acciones teatrales figuradas de Puebla y Centurión —que se dedicaban al teatro— y del canto a capella de Alicia Peña.
En el D2 estuvo hasta el 9 de abril, tiempo en el que fue torturado dos o tres veces más. En la última de estas sesiones, le advirtieron que era su última oportunidad, “o hablás ahora o te vas a la tumba”, pero él no tenía información para darles. “Pensé que me iba a la tumba”, confesó. Sin embargo, al otro día lo sacaron del edificio junto a otro detenido en un camión celular. Primero los llevaron al Liceo Militar, donde no quisieron recibirlo por las condiciones en que llegaba.
Los tuvieron que trasladar directamente a la Penitenciaría de Mendoza, donde le entregaron un mono, una manta con colchón, plato, cubierto y sábana. En la cárcel le detectaron llagas en el cuerpo y en un informe especificaron las heridas que se observaban, todas producto de la tortura. En el talón del pie derecho, por ejemplo, tenía una infección que había sido tratada en el D2 mediante el corte con tijera del pedazo de piel que le había quedado colgando.
Penitenciaría de Mendoza
En la penitenciaría, llevaron a los demás detenidos a sus nuevas celdas, mientras que a él lo hicieron esperar un buen rato y lo obligaron a devolver los objetos. En ese momento volvió a temer lo peor. Caminó, a pesar de ello, con el mono al hombro hasta que se cruzó con Julio Made, un compañero de la universidad que trabajaba en el Instituto de Estudios Criminológicos y le estaba haciendo una encuesta a un preso común. Nerio aprovechó la situación para montar una escena en la que se quejaba ante el agente penitenciario de todo lo que le había ocurrido. Julio supo captar el mensaje y, esa misma noche, le comunicó a la madre de Nerio los padecimientos que le escuchó narrar.
Una vez junto a los demás presos políticos, destacó el contraste: “Me parecía una fiesta al lado de lo que era el D2”. El pabellón estaba cerrado, pero durante el día las celdas estaban abiertas, entonces se comunicaban, comían lo que mandaban las familias, compartían actividades, leían, etc. Ese día o después, lo sacaron a la noche y lo llevaron al sector administrativo de la cárcel. Lo ataron a una silla y lo empezaron a golpear, sin picana, otra vez con la misma excusa. “Vos creíste que había acabado, pero esto continúa”, le dijeron. No fueron los mismos personajes del D2, pero gritaban mucho: “Si no vas a colaborar, aguantátela”.
No lo devolvieron al pabellón de presos políticos, sino a una celda de castigo donde pasaba aislado las 24 horas. Su baño era un tacho de lata con creolina que estaba fuera de la celda y comía lo que le mandaba la familia o lo que le facilitaban otros presos comunes. Tras dos meses en esas condiciones, recibió la visita del cura Héctor Gimeno, a quien conocía del Liceo Militar, donde había realizado la secundaria. Gracias a él, tuvo, por primera vez, la oportunidad de mandar mensajes a su familia contando cómo estaba. Poco después le prohibieron al sacerdote ir a verlo.
Finalmente, antes de trasladarlo a Buenos Aires, lo movieron un par de veces más de la celda de aislamiento al pabellón de presos políticos y viceversa, en un intento de quebrarlo para que hablara y les diera información. Nerio nunca cedió y fue trasladado en un vuelo Hércules de septiembre de 1976 a la Unidad 9 de La Plata. Durante el vuelo, en el que iban otros detenidos, les robaron sus pertenencias y los golpearon.
Unidad 9 de La Plata
Al llegar a La Plata los esperaba un cerco de agentes que los golpeó durante todo el trayecto hasta que entraron a las celdas. A Nerio le hicieron un corte con un anillo en la ceja, y tuvo que ser suturado al día siguiente.
Estuvo la mayor parte del tiempo en los pabellones 15 y 16, sector que era conocido como “la Siberia”, el lugar donde peor se vivía. Nerio contó que el penal de La Plata se dividía en tres sectores: el de los “irrecuperables” –“la Siberia”–, el de los “recuperables” y el de los que estaban “en vías de recuperación”. Según el sector, las condiciones se modificaban. Ellos vivían de a dos en una celda con un baño, lavatorio, un banquito, un escritorio de cemento y camas cucheta. Salían al patio dos veces por día. No podían leer más que literatura censurada, no podían hacer gimnasia, ni compartir solidariamente, ni hablar de política. Para comunicarse entre ellos tenían que hacerlo clandestinamente. “La vida nuestra pendía de un hilo. Estábamos regalados, palabras más, palabras menos”, dijo, y agregó que “el gran remedio, la gran fortaleza provenía de la solidaridad”. Se organizaban para resistir y discutían política porque no hacerlo “era algo así como morir”.
Varias veces lo llevaron a uno de los calabozos de castigo, que llamaban “chanchos”. En uno de ellos mataron a Marcos Ibáñez, recordó con dolor. Allí la situación era crítica, no había agua y los golpeaban en la planta del pie para que no les quedaran marcas. En determinado momento lo pasaron a los «pabellones de la muerte», llamados así porque concentraban a los dirigentes de las dos organizaciones mayoritarias, algunos de los cuales fueron retirados y fusilados. El trato en este sector era menos violento, pero reinaba el temor a ser asesinado en un falso intento de fuga, como las autoridades solían encubrir estos asesinatos.
De su paso por La Plata, Neirotti también recordó la visita del juez Guzzo, quien le tomó declaración tras aparecer con una declaración previa que él nunca había realizado. Nerio lo relacionó a una ocasión en la que, vendado, le hicieron escribir su nombre en un papel con la excusa de realizar una pericia caligráfica por unos supuestos documentos que habían encontrado en Mendoza. Él solo accedió a realizar la letra N y no quiso escribir más porque le pareció que era una declaración falsa. Pasado el tiempo, apareció esta supuesta declaración con “varias” letras N muy caligrafiadas e iguales a la suya. En esta declaración se lo vinculaba a personas con las que él no tenía relación.
Rawson, Resistencia y Caseros
Tras más de un año en La Plata, fue trasladado en el 78 al penal de Resistencia, donde estuvo un tiempo antes de volver a La Plata. Luego fue trasladado a Rawson y, finalmente, devuelto a La Plata. Nerio cree hoy que estos traslados constantes entre cárceles y entre celdas tenían como objetivo evitar que desarrollaran los afectos.
En el 79 fue llevado a Caseros, siendo parte de la camada que inauguró esta cárcel. Allí, lo visitó la Comisión Interamericana de DD. HH., a quienes Nerio les entregó en un sobre una declaración completa.
En Caseros se le realizó un consejo de guerra en el que un tribunal lo interrogó para ver si cumplía con los requisitos para pasar a mejores condiciones. Las preguntas eran capciosas y buscaban contradicciones. El director de la cárcel le preguntaba qué había pasado antes. Sin saber por qué se lo acusaba, Neirotti fue absuelto y quedó a disposición del PEN. Antes de eso, Petra Recabarren, su abogado defensor, le había recomendado en La Plata que se confesara culpable. “Es una cuestión técnica que facilitará su salida”, le dijo Petra Recabarren a su madre, quien se negó rotunda e inmediatamente. Tras ser absuelto en Caseros, se le informó al tiempo que iba a ser liberado.
“Me llevaron frente al general Harguindeguy. Estaba con un expediente y le planteé todo lo que había vivido. Él negó que hubiera personas desaparecidas y dijo que no había apuro por la democracia, todo con un tono maternal y condescendiente”. El militar le preguntó si quería irse o quedarse: “Yo me quiero quedar, general. Lo único que pido es que me garantice la vida”, respondió Nerio. No obstante, fue forzado a exiliarse en Estados Unidos.
Por último, el testigo reconoció el valor de la instancia testimonial y se dirigió al tribunal: «Les agradezco la oportunidad y por su contribución a la justicia a la memoria y a la verdad».
La próxima audiencia quedó pactada para el 30 de junio a las 9:00.



