22-08-2025 | Declararon dos personas que hoy son adultas, pero cuando eran bebés estuvieron secuestradas en el D2 con sus mamás. Natalia Galamba tenía un año y cuatro meses y Sebastián Vera tenía cinco meses. La próxima audiencia será el miércoles 3 de septiembre a las 9:00.
En la audiencia 51 se escucharon los testimonios de Natalia Galamba, por videoconferencia desde San Rafael, y Sebastián Vera, de manera presencial. Hoy tienen más de 45 años, pero en la década del setenta eran apenas dos bebés que sufrieron el encierro con sus madres perseguidas por la dictadura. Estuvieron en cautiverio en el D2, el centro clandestino de detención que se investiga en este juicio por delitos de lesa humanidad.

La crueldad con las infancias
Paula Natalia Galamba había tenido una breve participación en el juicio que investigaba la desaparición de su papá. Fue en el marco de la declaración de su madre, en donde compartió brevemente la lectura de un fragmento del cuaderno que Juan José les dejó a su hija, Natalia, y su hijo, Mauricio. Pero en esta ocasión su caso y el de su hermano son investigados como víctimas directas de los crímenes de integrantes del D2.
Natalia nació en febrero de 1975 y Mauricio, dos días antes del golpe, en marzo de 1976. Vivían en la Ciudad de Mendoza con su mamá, Alicia Morales, y su papá, Juan José Galamba, quienes estudiaban y trabajaban. Para la fecha de los hechos, compartían departamento con otra familia: María Luisa Sánchez, Jorge Vargas y sus hijas, de 3 y 5 años. La noche del 12 de junio del 76, un grupo de hombres irrumpió en la vivienda —“como si fueran del SWAT”, siempre dice su madre, Alicia— y se llevaron de manera violenta a las mujeres, las niñas y el bebé. Los padres no estaban.
En el D2 encerraron a las dos mujeres con sus hijas e hijo en una habitación pequeña que no tenía ni una silla. Solo había una ventana, recuerda Natalia. Allí pasaron un par de noches, aunque no sabe cuántas, porque perdieron la noción del tiempo. No les dieron comida ni agua, salvo una vez que les arrojaron “como monos” un manojo de bananas. Dado que Mauricio tomaba la teta, Alicia amamantó también a las tres niñas para darles algún alimento. A la suya y a las de María Luisa.

La testigo recordó que las dos hijas de María Luisa fueron utilizadas, instrumentalizadas, por los captores. A la más grande, un día, se la arrebataron a su mamá y dijeron que la iban a llevar “a buscar tíos”, es decir, la llevaron a la terminal a marcar o reconocer gente. A la más pequeña también la sacaron y la llevaron donde estaba su padre secuestrado: “La utilizaron para poder torturar a su papá”, añadió Galamba. Ni su mamá ni ella supieron nunca los detalles. Mauricio se empezó a paspar porque no tenían cómo higienizarlo. La mujer reflexionó: “Ni siquiera tuvieron la humanidad de que pudieran cambiarle el pañal a un bebé de dos meses”.
Durante días, la familia estuvo desaparecida, pero a través de unos vecinos, alguien les avisó a la abuela y el abuelo de Natalia, quienes, junto con su otra hija de 15 años, vinieron de San Rafael a Mendoza. Primero llegaron al departamento, pero un grupo les impidió entrar y les hizo ir a preguntar al D2. Allí les aseguraron que no tenían a nadie de la familia, a pesar de que el abuelo intentó convencerlos contándoles que había sido suboficial del Ejército. Pero nada. Así como al principio los policías no querían que se quedaran, después no querían dejar que se fueran. Ni siquiera dejaban que la abuela buscase su medicación en el auto.

Tuvieron la suerte de que, en un momento, la tía de Natalia la escuchó llorar y la reconoció. Ella no dimensionaba el peligro y empezó a gritar “¡esa es la Natalia!”. En el D2 reconocieron que sí estaban y, después de un rato de espera, les dijeron que les iban a dar a Mauricio y Natalia. Pero a Alicia no le informaron nada, simplemente le arrancaron a la niña y el niño de los brazos. “Ella tardó bastante tiempo en saber que nosotros estábamos con mis abuelos, porque con eso también la torturaban”, añadió.
La crueldad no terminó ahí. A pesar de que la abuela había visto a través de una cortina que traían a Mauricio envuelto en una pañoleta que ella había tejido, se lo entregaron desnudo y mojado en pleno junio. “Se robaron hasta la pañoleta”, solía decir la abuela.
La liberación
La policía les dio autorización para ir al departamento a buscar ropa porque no tenían con qué abrigar a Mauricio ni a Natalia. Al llegar se encontraron con una vivienda saqueada. No tenía muebles, ropa ni su auto, un Citroën 3CV rojo. El departamento estaba ametrallado en paredes y ventanas. Como era alquilado, el papá de Alicia se tuvo que hacer cargo de los arreglos. Era de noche, tarde, y tuvieron que salir a buscar una farmacia de turno para comprar leche y pañales.
Mauricio y Natalia vivieron junto a su abuela y abuelo en San Rafael. Allí fueron bautizados, a pesar de que ni su mamá ni su papá eran creyentes, con el fin de que el monseñor de San Rafael le entregara una carta al papa en la que le pedían colaboración para liberar a su hija. Al acuerdo se le sumó el pedido de que el padrino del hijo varón fuera el obispo. La niña y el niño volvieron a vivir con su madre luego de ser liberada en 1980. Antes había sido trasladada a la cárcel de Mendoza y, luego, a la cárcel de Devoto. “Todos los niños apropiados en ese momento pasaron por situaciones similares. Nosotros solo tuvimos un golpe de suerte de que mi tía me reconociera. Si no, no sé si estaría declarando aquí o en la lista de nietos que estamos buscando”, concluyó Natalia.

Al preguntarle sobre recuerdos de su experiencia, Natalia aseguró tener la imagen de una ventana con una forma muy particular, “cónica”, que al tiempo descubrió era del D2. “Vi una foto del lugar e inmediatamente me retrotrajo a la imagen de esas formas completamente traumáticas”, añadió. Además recuerda las botas altas, negras, con cordones a mitad de caña, y rodillas, que era lo que su altura le permitía divisar.
Sobre la familia que vivía con ella al momento de la detención, Natalia Galamba contó que supo que el cuerpo de Jorge Vargas fue visto en el D2. También agregó que las niñas fueron llevadas a San Juan para vivir con sus abuelos. Un día, a María Luisa la llevaron de donde estaba detenida a San Juan sin decirle el motivo y, al llegar, se enteró de que la estaban llevando al velorio de su propia hija de cinco años, que se había disparado con un arma del abuelo.
Hacia el final, el fiscal le pidió a Natalia que relatara brevemente lo que sucedió con su padre. Ella contó que la noche del secuestro en la casa familiar, Juan José había salido a comprar comida y esa fue la última vez que lo vieron. Según pudieron reconstruir, estuvo escapándose y escondiéndose en distintas casas amigas hasta que lo secuestraron en mayo de 1978 y hoy “integra la lista de los 30000”.
“Me pusieron Rodolfo por mi tío desaparecido”
“De recordar no recuerdo nada porque era muy bebé”, inició Rodolfo Sebastián Vera su testimonio por primera vez en juicio. Pudo reconstruir lo que contó en la sala por el relato de su mamá, Laura Carrión, y su papá, Carlos Vera. La pareja era de Mendoza, pero vivía en ese entonces en Bariloche, donde había llegado escapando de la persecución de las fuerzas de seguridad en la dictadura. Sebastián nació en esa ciudad patagónica el 15 de mayo de 1979. Después tuvo dos hermanas, pero en ese momento era el primer y único hijo. “Me pusieron Rodolfo por mi tío desaparecido”, dijo en referencia al hermano mayor de Carlos.

La detención fue en la casa donde vivían, cuando él tenía unos pocos meses. Su mamá estaba sola con él. Golpearon el vidrio, entraron, la ataron, la vendaron y se la llevaron con su hijo. En Bariloche, Laura y Sebastián estuvieron un mes en cautiverio. Ella se corría la venda para darle de comer al niño. Un día, sin previo aviso y sin saber a dónde iban, los trasladaron en una avioneta, aunque no sabe si su padre iba en ese vuelo. Arribaron al D2.

Allí su madre comía y lo alimentaba, pero en un momento el bebé se enfermó y, una vez a la semana, se lo llevaba su abuela para controles médicos. Como lloraba, los guardias le exigían a Laura que lo hiciera callar. Carlos no estaba en el mismo calabozo, sino en uno de al lado. Primero le dieron la libertad a su mamá con él; después, a su papá.
Sebastián contó que compartió mucho tiempo con su abuela paterna, quien luchó durante años por la búsqueda de su hijo desaparecido. La acompañó siempre a las marchas y, mientras vivió, estuvo a su lado. Sin embargo, el tema en su familia siempre fue bastante tabú y él fue reconstruyendo su historia ya de grande.
La próxima audiencia será el miércoles 3 de septiembre a las 9:00.
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