26-09-2025 | Declaró Eduardo Argentino Morales sobre su secuestro y detención por dos años, el 12 de junio de 1976. El testigo recordó detalladamente el operativo de secuestro, las condiciones de cautiverio y la tortura en el D2. La próxima audiencia será el martes 7 de octubre a las 9:00.
Eduardo Morales ha declarado en juicio y lo recuerda perfectamente. “Año 2011, 11 de abril”, fueron sus primeras palabras. Como dicta la formalidad, le leyeron la larga lista de imputados para descartar una relación de amistad o enemistad íntima, o cualquier circunstancia que le dificultara decir la verdad. El testigo aprovechó y explicó que estuvo cuatro meses cautivo en el Departamento de Informaciones (D2) de la Policía y pudo visualizar a tres personas, dos por el apodo y solo una por su apellido: Mechón Blanco, Caballo Loco y Moroy. A este último no lo escuchó nombrar en la lista: el hombre estuvo imputado pero falleció durante el curso del juicio. Morales también declaró en 2012 y ambas instancias fueron incorporadas como parte de la prueba.

Juventud, estudios, militancia y amistades
Eduardo Argentino Morales, oriundo de San Rafael, vivía en la calle Avellaneda de la Ciudad de Mendoza. Fue estudiante de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), donde terminó de cursar la carrera de Ingeniería Electrónica en 1974.
Durante su etapa universitaria militó en la Agrupación Universitaria Nacional, vinculada al Frente de Izquierda Popular. Junto con compañeras y compañeros impulsaron la apertura del comedor estudiantil de la UTN. Pero con la asunción del ministro Ivanissevich y la restricción de la política universitaria, las autoridades prohibieron asambleas en el edificio y los encuentros empezaron a hacerse todos los jueves en el sindicato gráfico.

En esas reuniones también participaba Mario Susso, asesinado el 20 de marzo de 1976. Morales recordó que una noche, durante una asamblea, aparecieron tres personas conocidas de la universidad —”Amorfo” Fernández, Lucas y el “Flaco” Bayardi—, quienes los amenazaron con hacerlos desaparecer. A la semana siguiente, una bomba explotó en la ventana del sindicato y provocó importantes destrozos en la infraestructura.
Luego de terminar el cursado en la facultad, Morales realizó el servicio militar en el Comando de VIII Brigada de Infantería de Montaña. “Entrábamos a las 6 de la mañana y salíamos a las 6 de la tarde, salvo cuando teníamos que hacer una guardia en el Comando”, relató. Pero en general dormía en su casa.
En abril de 1976, antes de finalizar la conscripción, fue enviado vestido de civil al Departamento de Informaciones de la Policía de Mendoza (D2) con tres expedientes de personas que conocía. Al llegar, mostró la credencial militar y explicó que llevaba documentación remitida desde el Comando, correspondiente a detenidos que iban a ser trasladados allí. “Acompáñeme, que se lo vamos a llevar a la persona que se lo mandan”, le dijeron. Fue la única vez que vio el rostro de quien llamaban “el Porteño”, señalado como uno de los responsables de comandar las torturas. “Me tocó escucharlo durante las sesiones de tortura”, afirmó.
De las autoridades del comando recordó a Gómez Saa, Pagela, Maradona, Yapur, Landa Morón. También a un sargento de apellido Gatica y a otro de apellido Martínez. Respecto a la presencia de personal o vehículos de otras fuerzas, Eduardo respondió que luego del golpe militar pudo ver cantidad de automóviles Ford Falcon en el estacionamiento del subsuelo del Comando, ninguno de los cuales tenía patente. El testigo contó que era chofer del teniente coronel Schroh y que solía trasladar a su hija en un Peugeot 504 amarillo. Recordó que había cierta relación entre la familia del militar y los soldados. Un sábado, vestidos de civil, fueron invitados por la esposa del oficial a cenar a su casa. Morales no asistió porque viajó a San Rafael a visitar a sus padres.
El lunes siguiente, a la mañana, llamó por teléfono al trabajo de Emilio Vernet, empleado del Banco Mendoza con quien compartía vivienda, pero atendió otra persona que le dijo que su compañero no había ido a trabajar. El martes volvió a llamar y le contestó un amigo de su compañero, quien reiteró que tampoco había asistido. La situación le pareció extraña.

El miércoles 9 de junio viajó desde San Rafael a Mendoza con su padre y unos amigos. Desde un teléfono público ubicado en una estación de servicio en San Martín y Lavalle, Eduardo llamó al doctor Tenenbaum, un conocido que le advirtió que la situación estaba complicada, que tuviera cuidado porque había habido allanamientos y detenciones.
Después de acompañar a su padre para que regresara a San Rafael, Morales volvió a su casa en calle Avellaneda. Allí encontró la puerta abierta, todo revuelto y pertenencias faltantes. Sobre la ventana halló una carta escrita por su hermana que, en resumen, decía: “Prefiero verte fuera del país antes que verte preso”. Ese día fue a hablar con gente del sector de personal del Comando para contarle la situación, pero no obtuvo respuestas. Era miércoles.
El secuestro
Tres días después, el sábado 12 de junio de 1976, salió del comando alrededor de las once de la mañana, luego de que le entregaran la libreta de enrolamiento. Volvió caminando a su casa junto con un compañero de la facultad de apellido Martínez —a pesar del esfuerzo, no logró recordar el nombre— a quien debía prestarle un libro. Entraron normalmente por el pasillo largo de la casa y, al salir, apareció repentinamente personal armado con metralletas cortas y uno pronunció su nombre: “Eduardo Argentino Morales”. Los arrestaron a los dos y los llevaron vendados en la parte de atrás de un Fiat 1500. Morales se orientó y supo que iban al D2. Todo el tiempo gritaba que conocía al teniente coronel Schroh –para protegerse– y que Martínez no tenía nada que ver –para protegerlo a él–. Su compañero estuvo aproximadamente tres días en el centro clandestino y nunca más lo volvió a ver. Supone que lo liberaron.
Apenas entró al D2 lo golpearon tanto que no alcanzaron a aplicarle picana eléctrica: “Se nos va”, oyó decir a uno de los captores. Era pleno invierno y lo encerraron sin abrigo en un calabozo. Alguien le tiró un cartón. Sin embargo, a la noche lo volvieron a llevar a la sala de torturas y recordó que lo golpearon y lo ahogaron con el submarino, que fue el tormento que más sufrió. Mientras, lo interrogaban por cosas que él desconocía totalmente, como patentes o modelos de autos del comando. Sospecha que hubo militares en la sesión.
También le preguntaban sobre una supuesta reunión de militancia en una casa de calle Tucumán de Godoy Cruz, a la que en realidad fueron a jugar al truco y ver diapositivas de viajes. En la juntada estaban el “pelado” Fernández, Daniel Ubertone, Emilio Aníbal Vernet, Isabel Navarro y Alberto Córdoba. También Rosa Gómez y su compañero, de apellido Sánchez, a quienes conoció esa noche. La dueña de casa era una chica de San Juan que se llamaba Graciela. El testigo reflexionó sobre las reuniones de esa época, por ejemplo, en casa de Margarita Dolz. Se juntaban grupos de jóvenes que no tenían necesariamente las mismas ideas políticas, pero compartían amistad y momentos de diversión: tocaban la guitarra, cantaban.

Luego de la tortura lo encerraron en la celda 7, recordó. Eran calabozos de un metro ochenta por ochenta centímetros, más o menos, y ahí estaba con un compañero. Solo podían ir al baño una vez al día y eso era claramente insuficiente. Pasaron mucha hambre: “Se sufrió mucho el tema de la comida. Estuve cuatro meses y a lo último no podíamos levantarnos porque teníamos una especie de desmayo”, lamentó Eduardo. Además, Moroy los sacaba en la noche y los obligaba a hacer entre ellos competencia de flexiones de brazos.
Lo que más temían era “el ruido de las llaves”, que significaba que venían a sacar a alguien, generalmente de noche, para llevarla o llevarlo a la tortura. A él lo retiraron en cuatro oportunidades. Dos veces lo sometieron a un simulacro de fusilamiento. En una de las sesiones lo obligaron a rezar y lo amenazaron con gente del comando; en otra, la única de día —vendado, atado y tirado en el piso—, le pusieron una pistola en la cabeza y accionaron el gatillo. El arma estaba descargada, pero antes de irse le pegaron un puntapié en el pecho con un borceguí que lo dejó mal varios días. “A esa altura del partido —había pasado bastante tiempo, ya no había acusaciones ni amenazas— (…), eran agravios de otra índole, como crueldad”, reflexionó.
Durante su relato fue nombrando a distintas personas con quienes compartió cautiverio. Según el testigo, Rosa Gómez, que estaba en el calabozo de enfrente, sufrió abuso sexual de Mechón Blanco. También recordó a Alicia Morales y María Luisa [Sánchez] Sarmiento, con sus hijas. Desde una celda del fondo se escuchaban lamentos del marido de Luisa, quien murió en ese contexto y continúa desaparecido. Otros compañeros de detención fueron Alberto Córdoba, Daniel Ubertone, Antonio Sabone, David Blanco, Roque Luna, un «Colorado» oriundo de Gualeguaychú, González y el chileno Leopoldo López, con quien compartía celda.
El recorrido carcelario
Cuatro meses después de su secuestro, el 12 de octubre, lo trasladaron a la Unidad Regional Primera. El 15 de diciembre, a la Comisaría 9, de Guaymallén, y el 11 de enero del 77, a la Penitenciaría de Mendoza. En la peluquería del penal fue interrogado, siempre vendado, mientras lo golpeaban. Ocurrió los días 1, 2 y 3 de febrero. Querían que firmara una supuesta declaración en el marco de un Consejo de Guerra del Ejército, pero él se negaba. Morales se puso insistente, entonces le levantaron la venda —todos se escondieron atrás para no ser vistos— y lo dejaron leer. La carátula decía “Montoneros, Sánchez, Córdoba, Ubertone”. Él quiso aclarar que no integraba Montoneros, pero le respondieron “vos firmá, estás con ellos”.


“Esa declaración no está en ningún lado”, dijo el testigo, pero por orden del fiscal Dante Vega la buscaron entre el expediente de la causa y la encontraron. “Eduardo Argentino Morales habría permitido vivir en su domicilio al delincuente subversivo prófugo Emilio Vernet”, decía con el sello de Támer Yapur. Había mucha información de inteligencia sobre él: que fue militante, que peleó por el comedor universitario en la UTN, que fue candidato a elecciones. No decía nada sobre la carta de su hermana. El testigo se emocionó al ver la documentación y le ofrecieron una copia para que pudiera llevarse a su casa.

Eduardo Morales relató el resto de su cautiverio. El 24 o 25 de marzo de 1977 fue trasladado a la Unidad Penal 9 de La Plata y lo liberaron recién el 19 de mayo de 1978. Nunca conoció las razones de su detención, pero por las constancias policiales que buscó después, supo que estuvo desaparecido del 12 al 26 de junio del 76, fecha en que legalizaron su detención por ley 20840 y lo pusieron a disposición del PEN.
La próxima audiencia será el martes 7 de octubre a las 9:00, con un testigo desde Italia.



