21-10-2025 | Declaró Jaime Valls, militante estudiantil y del PCR secuestrado a principios de febrero del 76 en el D2 y torturado, luego, en la Penitenciaría de Mendoza. Compartió todo el cautiverio con su compañero Raúl Lucero. La próxima audiencia será el 31 de octubre a las 9:00.
La audiencia 56 del 13.° juicio por delitos de lesa humanidad estuvo abocada al testimonio de Jaime Valls. El hombre ya había declarado en 2015 por los hechos que padeció hace ya casi 50 años y esa actuación es parte de la prueba de esta causa. No obstante, la fiscalía le pidió que describiera la situación de su secuestro y profundizara en algunos aspectos relacionados con su paso por el D2, que es el aparato que se investiga en este proceso.

Para 1975, Jaime Valls era un joven estudiante con militancia en el Frente de Agrupaciones Universitarias de Izquierda (FAUDI) y en el Partido Comunista Revolucionario (PCR). Recordó que a principios de 1976 hubo un “operativo rastrillo” en el barrio Santa Ana, como parte de una serie de procedimientos que las Fuerzas Armadas empezaron a ejecutar, habilitadas por los decretos de aniquilamiento de Ítalo Lúder, durante el gobierno democrático. En aquel contexto, junto con su compañero Raúl Lucero y su compañera Mónica Petri —quien los llevó en auto—, se dirigieron una siesta de verano a un barrio de Maipú donde vivían las familias trabajadoras de Bodega Giol. Querían repartir, casa por casa, un volante que se titulaba “Fuerzas Armadas en la calle, señal de golpe de Estado”. Era 4 de febrero de 1976.
En un momento arribó una camioneta particular —quizás de la empresa que hacía vasijas para Giol— y Lucero intentó correr, pero unos hombres dispararon y así fue como entendieron la seriedad del asunto. Los detuvieron y los llevaron en ese vehículo a la comisaría de Maipú ubicada frente a la plaza municipal. Mónica Petri vio toda la sucesión de hechos, los siguió y pudo avisarle al padre de Jaime. El hombre llegó horas más tarde con el abogado Pedro García, pero les negaron tener detenido a su hijo.
En la seccional estuvieron unas tres horas. Apenas ingresaron, los tiraron al piso boca abajo, los golpearon y los amenazaron para que no giraran la cabeza. Inmediatamente los encapucharon y así subieron al vehículo en el que los trasladaron al D2. En realidad no sabían a dónde los llevaban, pero Lucero había logrado levantarse la venda y más tarde le dijo que estaban en el Palacio Policial. Fueron arrojados a distintos calabozos. En ese momento había un hombre que les hablaba desde otra celda, pero a él le daba la sensación de que no era un preso político, sino un policía que les quería sacar información, porque se reía, hacía comentarios extraños y después se fue.
El infierno del D2
Cuando entraron al D2, les dieron una golpiza brutal en la zona de calabozos. Al principio estaban solos y dos días después llegó un detenido que gritaba su nombre —Daniel Rabanal— y le dijeron que estaba en el D2. También llegaron Marcos Ibáñez, Fernando Rule, Guido Actis, Alberto Muñoz, Miguel Ángel Gil y varias mujeres —Silvia Ontivero y dos o tres más—. Con los hombres, después, compartió cautiverio en la cárcel de Mendoza. Los calabozos se llenaron y, a partir de ese momento, a Lucero y a él solo les abrían el calabozo para tirarles comida. Los guardias estaban focalizados en esas otras personas, que eran parte de una misma organización.

“En esos días fue el infierno más terrible que yo he vivido en mi vida”, manifestó Jaime Valls. Habló de los gritos, las torturas, las violaciones y las humillaciones a las mujeres mientras abusaban de ellas. “Era algo terrible. Gritos y gritos porque sacaban a uno del calabozo, lo golpeaban ahí, se lo llevaban abajo, lo volvían a traer… Mientras en el pasillo violaban a las chicas, las llevaban a la ducha y les decían ‘lavate bien, mugrienta asquerosa’”, relató con pesar.
Recuerda que dormían en el piso y les tiraban baldes de agua que entraba por debajo de la puerta. “No sabíamos qué día era ni qué hora era. Los pocos días que estuvimos ahí, los gritos de las torturas eran mañana, tarde y noche”, contó. Solo salieron del calabozo cuando les tomaron fotos y, ocasionalmente, para ir al baño. No recuerda haber percibido personas; sí que se escuchaban parlantes como de oficina de atención al público.
“Me han traído un muerto”
Tras unos cinco días en el D2, a Valls y a Lucero los trasladaron a la Penitenciaría de Mendoza, pero permanecían incomunicados: les dijeron que estaban allí únicamente “porque el D2 estaba saturado”. El resto de los presos políticos del pabellón podían salir durante el día al patio.
Jaime Valls y Raúl Lucero fueron torturados en la cárcel. Los llevaban sin venda a una oficina, los encapuchaban, los hacían subir a un vehículo del Ejército y, a pesar de tener los ojos tapados, sabían que entraban a alguna unidad militar —por ejemplo, la Compañía de Comunicaciones— porque era un trayecto corto y hacia el sur. Los torturaron con picana eléctrica, submarino con agua (ahogamientos), submarino seco (asfixia). “Yo tuve bastante tiempo unas pequeñas cicatrices en las piernas de las ataduras y de la picana”, recordó.
El fiscal le preguntó por Miguel Ángel Gil y el testigo dijo que había muerto en el D2, cuando ellos ya no estaban allí. Lo supo porque en una conversación, el alcalde de la cárcel les dijo: “Está bravísima la cosa, me han traído un muerto que ya estaba muerto, que lo han matado en el D2”.
Las gestiones familiares
Tras buscarlo en la comisaría y recibir una negativa, el padre de Jaime Valls presentó una acción de habeas corpus y le respondieron que el joven estaba a disposición del Poder Ejecutivo Nacional por un decreto inventado, porque el número refería a otro totalmente distinto. Recién hubo un decreto de detención días antes del golpe, firmado por María Estela Martínez de Perón.

La familia hizo muchas gestiones, incluso con la iglesia. Muchos años después, Valls vio una carta del cura Primatesta en la que le decía a su mamá que no podía hacer nada. La mujer también visitó al general Lucero, gobernador interventor, quien le dijo que cualquier gestión estaba fuera de su alcance: las detenciones estaban supuestamente bajo la órbita del Comando de VIII Brigada de Infantería de Montaña y él allí no tenía autoridad.
Otra gestión la hizo su tío, hermano de su madre, de apellido Rigoni. Vivía al lado del teniente coronel Barrera, titular de inteligencia del Ejército, y cuando llevaban quince días presos lo buscó en su casa y, luego, en su oficina, para contarle de la detención ilegal de su sobrino. El militar no solo estaba anoticiado, sino que abrió un cajón y sacó el volante que estaban repartiendo ese 4 de febrero: “Está denunciando que vamos a dar un golpe de Estado, por eso está preso y por eso va a seguir preso”, dijo. A fines del 76, Valls y Lucero fueron trasladados a la Unidad 9 de La Plata y el 5 de febrero o marzo del 77 recibieron la libertad.
La próxima audiencia será el 31 de octubre a las 9:00. Quedan pendientes testimoniales y una inspección ocular solicitada por la defensa.



