28-07-2025 | Declararon Rubén Rizzi, por su detención de casi dos meses a fines del 76 en el D2, y Pedro Straniero, bibliotecario secuestrado en 1981 por un baúl de libros que había traído de Panamá. La próxima audiencia será el 7 de agosto a las 13:30.
En la primera audiencia después de la feria judicial, dos sobrevivientes del D2 prestaron testimonio. El primero lo hizo por videoconferencia desde Suecia, país donde reside tras su liberación de las cárceles de la dictadura en 1979. El segundo asistió de manera presencial y relató que lo secuestraron e imputaron en 1981 por poseer “material bibliográfico atentatorio de la seguridad del Estado”, o sea, libros.
“La lista de los que no aparecen más”
El primer testigo fue Rubén Alberto Rizzi, quien ya ha declarado en un juicio oral y público, en 2012. En ese entonces no era una víctima para las causas que se investigaban, pero en esta ocasión sí y le pidieron que se refiriera específicamente a su experiencia. Desde Suecia y por videoconferencia, el hombre comenzó su relato.
En 1976 tenía 21 años y estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo. Vivía con su madre, su padre y sus hermanas en la casa familiar, ubicada en calle Entre Ríos de la Ciudad de Mendoza. Contó que fue secuestrado el 21 de octubre en el Palacio Policial, a donde había ido a tramitar el certificado de buena conducta. Ahí mismo lo encerraron en el D2, lo vendaron, lo golpearon y lo interrogaron. “El más sádico”, a quien después le reconoció la voz, era uno al que llamaban «Mechón Blanco». Rubén había tenido en el 75 una militancia efímera en la Juventud Universitaria Peronista (JUP), pero no contaba con la relevancia ni el conocimiento que los secuestradores estimaban.

Lo arrojaron a un calabozo tipo leonera, de cuatro metros de cada lado. En una pared tenía escrito con sangre “Juventud Peronista Guaymallén”. Ahí estaba solo, pero en otras celdas había mujeres en situación de prostitución y unos muchachos que cada tanto le llevaban una tortita o un café caliente.
Perdió noción del tiempo —“ahí un segundo puede ser un siglo y un siglo puede ser un segundo”, dijo— y también del espacio —cree que bajó unas escaleras, aunque quizás las subió, para ir a la sala de torturas—. Lo acostaron desnudo y vendado en un camastro o parrilla metálica. Lo ataron por todo el cuerpo con unos cueros o cintas: tobillos, muñecas, cuello —con tanta fuerza que lo ahorcaba hasta dejarlo sin respiración—. Estaba vendado y cree que era mejor no ver, aunque se demoraron bastante en aplicarle picana eléctrica, probablemente para causarle más miedo aún.
Cuando comenzaron las descargas, entre convulsiones y gritos involuntarios de la tortura, sintió que se iba a morir. Pero en un momento dejó de sentir dolor. La sesión terminó cuando le preguntaron por las armas y él, de manera sensata y sacando fuerzas de donde no tenía, les respondió que no tenía nada de eso. Le dijeron que iban a ir a su casa: “Si encontramos algo, sos boleta”. Por el sufrimiento, “yo rogaba a todos los santos que se me cayera una viga encima”, admitió Rizzi.
Después de unos días lo arrojaron a un calabozo pequeño del D2, donde conoció a otra detenida que le daba palabras de aliento. “Fue un alivio conocerla, porque es una persona muy hermosa Rosa Gómez. Ella me calmó”, recordó. En el momento no lo supo, pero con el tiempo se dio cuenta de que los ruidos que ocasionalmente escuchaba era porque los carceleros abusaban sexualmente de Rosa.
En la celda no tenía vendas en los ojos ni atadura de manos. Un día lo vendaron, lo sacaron y le avisaron “vas a viajar”. “Yo pensé: entré a la lista de los que no aparecen más”, confesó. Pero lo subieron a un vehículo, le pusieron lentes oscuros bien grandes para que nadie lo pudiera reconocer y le dijeron que “marcara” a las personas que conociera. Rubén deseaba no ver a nadie; los hombres del auto no le sacaban los ojos de encima a él. Recorrieron las calles del centro de Mendoza durante una hora o una hora y media.
Recordó que después cayeron en cautiverio Víctor Cuello, Laura Marchevsky —ella “culpa mía”, declaró— y Miguel Poinsteau, quien al parecer se suicidó en la celda. Se escuchó un ruido feo y dejó de responder cuando lo llamaban. Gritaron pidiendo por un guardia, el oficial al que apodaban Caballo Loco abrió la puerta del calabozo y dijo “¡¿qué hiciste, hijo de puta?!”. Al minuto entraron varios y se lo llevaron. Hasta hoy no se sabe nada del paradero de Poinsteau.
Con una anécdota, Rizzi pintó el sadismo de los perpetradores. En ocasiones, algunos guardias entraban a charlar a la zona de calabozos. Uno de 30 años con una pistola les contó que a su cuñado lo habían matado en Tucumán; otro de 45 de saco y corbata los regañaba por ateos. “Eran charlas amenas que teníamos con esa gente que se dedicaba a torturar y a matar”.
Una noche, después de una sesión de tortura que no había sido tan violenta como otras, lo llevaron al Juzgado Federal, en calle Las Heras y 9 de Julio. Era tarde y lo recibieron el secretario del juez y un ayudante. Él estaba muerto de miedo y los hombres intentaron calmarlo para que hablara sin problemas. Allí notó cierta predisposición, porque no había nadie del D2, nadie que lo verdugueara ni lo maltratara.
Una familia perseguida
El fiscal Daniel Rodríguez Infante le preguntó por integrantes de su familia. Rubén Rizzi nombró a su papá, Humberto Rizzi, a su mamá, Delia Clara Ragusa, y a sus hermanas, Mónica y Adriana. La primera estaba en pareja con Luis Passardi, también secuestrado en el D2, y la segunda militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y estaba de novia con Edgardo Rivero, militante de la Juventud Peronista. Tanto sus hermanas como sus cuñados eran objeto de interés de los interrogadores de la sesiones de tortura en el D2.

Rubén contó que durante una sesión le mostraron una foto de Edgardo y él dedujo que toda la familia había estado siendo objeto de vigilancia y persecución: “Tienen que haber estado controlando mi casa, si no eran ilusionistas”. Al parecer, fueron a revisar la vivienda el día de su secuestro y encontraron un paquetito que Edgardo le había dejado sin decirle qué tenía, por seguridad. En esa sesión le mostraron el contenido: era una almohadilla y sellos de Montoneros.
El resto de su cautiverio
Lo trasladaron con Víctor Cuello a la Penitenciaría de Mendoza a principios de diciembre de 1976 y a la Unidad 9 de La Plata a fin de mes, en un avión Hércules. En diciembre del año siguiente lo trajeron a Mendoza, donde estuvo durante todo 1978 y regresó a la cárcel bonaerense, donde estuvo alojado durante la famosa visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
Durante las visitas de su mamá, se enteró de que una vez la habían llevado al D2 y le habían mostrado a Rubén de espaldas, respondiendo que conocía a Edgardo, para amenazarla porque en la familia negaban tener relación. También supo que un teniente se infiltró en la familia, como enamorado de la hermana de su novia de entonces, Liliana Giraud.
A Rizzi le dieron la libertad en 1979, también junto con Cuello. Volvió a su casa en Mendoza y, por órdenes que recibió, iba periódicamente a reportarse al comando, no sin dudas ni sospechas. “La situación en el 79 era bastante precaria para una persona en mi situación. Había casos en que dejaban en libertad, lo secuestraban de nuevo y aparecía muerto”, afirmó Rubén Rizzi. Para esa época, su mamá y su papá habían gestionado visa para distintos países y decidió irse a Suecia pasando por Brasil. En el país europeo estaba su hermana Adriana y Edgardo. Mónica, en cambio, se quedó en Mendoza. Cree que la llevaron al D2 por una tarde, aunque en su casa no se hablaba mucho de lo que había pasado y por esa razón él tampoco preguntó.
Al final recordó que les armaron una “causa bolsa”, ficticia, con acusaciones por hechos que no existen y distintas personas que ni se conocían como si fueran integrantes de una asociación ilícita.
Preso por tener libros
El segundo testigo fue Pedro Straniero, quien ya prestó declaración testimonial el 23 de noviembre de 2017, en el marco del sexto juicio por delitos de lesa humanidad. Su testimonio es parte de las pruebas de esta causa.
Straniero trabajaba como bibliotecario en la Universidad Nacional de Cuyo. Tiempo después ganó un concurso literario de la Universidad de Panamá, lo que lo llevó a radicarse en ese país, donde colaboró con la familia presidencial y también se desempeñó como bibliotecario universitario.

Durante su vida en la facultad participó de algunas “movidas estudiantiles”, pero no militaba políticamente. Tenía 24 años cuando fue detenido en el aeropuerto de Mendoza, entre fines de marzo y comienzos de abril de 1981, apenas cuatro o cinco días después de su regreso desde Panamá. Cuando Pedro llegó a Mendoza, su equipaje había sido extraviado. Entonces volvió al aeropuerto a buscarlo: era un baúl con libros que fue requisado y secuestrado sin explicaciones.
Pedro había ido con su hermano Marcelo, de 20 años, y la policía aeronáutica los retuvo durante horas hasta que llegó un grupo de personas vestidas de civil. Les colocaron vendas en los ojos, los golpearon e introdujeron por la fuerza en un Falcon. A Pedro lo ubicaron en el asiento trasero y a Marcelo lo subieron a otro vehículo o quizás al baúl. Ambos fueron trasladados al Departamento de Informaciones de la Policía de Mendoza (D2), según pudo identificar el testigo entre las vendas cuando ingresaron por calle Virgen del Carmen de Cuyo.
Allí los bajaron esposados y vendados. Pedro estuvo diez días detenido sin ningún tipo de explicación, en condiciones deplorables: esposado, sin frazadas, sobre el suelo y casi sin acceso al baño. Fue llevado varias veces a la sala de tortura. En una ocasión, le quitaron la venda y vio frente a él a una persona uniformada, sin poder precisar si era policía o militar, que tenía un arma sobre la mesa. Si bien al llegar no había otras personas detenidas, con el paso de los días comenzó a escuchar voces y pasos.

La familia no supo de su detención hasta que un conocido, funcionario judicial de apellido Sardá si mal no recuerda, lo vio durante un traslado y —con riesgo personal— informó a su entorno. A partir de ese momento comenzaron las gestiones para obtener información, a través de un cura de apellido Bladi y de la embajada de Panamá.
Marcelo, por su parte, estaba medicado por un problema de corazón a causa de un pico de estrés en el marco de sus estudios, la carrera de Medicina de la UNCuyo. Dijo que los secuestradores ingresaron los medicamentos —probablemente a instancias de su familia— y que fue liberado pocos días después.
Durante los interrogatorios, el testigo relató que le preguntaban si tenía militancia política, vínculos con los partidos de izquierda, con Cuba, con El Salvador, con Nicaragua, y también por personas conocidas de su etapa universitaria. “Fue un interrogatorio atemorizante”, declaró.
Del D2, Straniero recuerda haber oído ruidos similares a los de una oficina. También menciona que, en algún momento, fue trasladado por un piso superior desde donde se oían varias voces como de personal administrativo. Posteriormente fue trasladado —siempre esposado y encapuchado— en un camión con ventanas enrejadas a la Penitenciaría de Mendoza, donde estuvo cerca de cuatro meses.

En los primeros días en la cárcel fue llevado a declarar a una dependencia militar ubicada sobre calle 9 de Julio, entre Pedro Molina y Peltier. Luego declaró ante un juez federal en la sede del Juzgado Federal en calle Las Heras. “Me informaron que estaba acusado de tenencia de material bibliográfico atentatorio contra la seguridad del Estado, según la Ley 20840”, relató. En el pabellón 6 de la Penitenciaría de Mendoza compartió detención con Rafael Báez y Valerio Castillo, dirigentes del Partido Comunista; Daniel Paradiso, militante montonero; Rubén Espinoza; y Guillermo Scoones, con quien compartió celda.
Recuperó su libertad a comienzos de junio o julio de 1981. Parte del material fue trasladado al juzgado y, tras numerosas gestiones, se lo entregaron nuevamente en cajas selladas luego de su liberación.
La próxima audiencia es el jueves 7 de agosto a las 13:30.



